Las Almas Viejas
Las leyendas humanas mencionan a menudo hechos extraños ocurridos en lugares extraños. Para muchos, es suficiente decir “¡Bah, sólo se trata de fantasías!”. Para otros, detrás de las leyendas más delirantes puede esconderse una realidad que desafía a nuestra inteligencia y capacidad de averiguar las verdades más allá de la superstición o de la deformación de datos por el paso de los siglos.
Fue así como grandes científicos de nuestro tiempo, hombres de la estatura de Sigmund Freud, Einstein, Carl Jung y R. Riedl, han logrado ir perfilando nuevas verdades que, poco a poco, van permitiéndonos redescubrir al hombre, su mundo y sus potencias ocultas.

Entre las leyendas más arcaicas de la humanidad están las de los Continentes Perdidos, que refieren cataclismos espantosos y el aniquilamiento de razas completas que fueron humanas o humanoides y desarrollaron civilizaciones avanzadas.
La más famosa de las leyendas sobre este tema es la de la Atlántida, y tal es su importancia, que en este sitio web podrá encontrar varias referencias en diferentes artículos. Aunque las raíces de esta leyenda arrancan del antiguo Egipto, llegaron a nosotros a través del gran filósofo Platón, el Ateniense.
Hiperbórea
También ha llegado hasta nosotros, a través de los antiguos griegos y romanos la información sobre otra isla legendaria: Hiperbóreas, la Patria de seres tan hermosos, sensitivos e inteligentes, que apenas se creyera que fuesen humanos.

Las tradiciones son mencionadas por los griegos Heródoto y Diodoro, y los romanos Virgilio y Plinio. Cuentan que muy al Norte, más allá de donde nace el viento norte o Bóreas, existió una isla maravillosa rodeada por altísimas montañas de hielo. Dicen que los habitantes de Hiperbóreas eran seres de blancura de nácar, casi translúcidos, y en particular sus mujeres eran de una belleza y un ingenio por encima de lo humano.
La luz del sol reverbereaba en los acantilados vertiginosos de hielo cristalino. Según Virgilio, los pocos navegantes que alguna vez alcanzaron hasta sus proximidades vieron aquella tierra bendita rodeada de un halo de luz indescriptible, tan arrobadoramente bella, que cayeron de rodillas cantando plegarias a los dioses.
A pesar de estar rodeada de nieves eternas, el sol que reflejaban los ventisqueros calentaba la atmósfera y la tierra. Como si fueran espejos cóncavos, los hielos concentraban el poder vivificador de los rayos solares. Así, en hiperbóreas el clima era paradisíaco, semi tropical, y cada palmo de tierra era un vergel.
Sin embargo, nadie pudo llegar en verdad hasta el interior de ese edén, pues se encontraba por completo aislado por las escarpas infranqueables de hielo.
Más llegó un día en que los polos cambiaron de lugar, y la maravillosa Hiperbóreas se hizo inhabitable, quedando completamente cubierta por glaciares. De los Hiperbóreos muy pocos salvaron la vida. Principalmente hubo sobrevivientes mujeres, que lograron huir por un pasaje secreto, un túnel, que llegaba hasta el sur de la actual Alemania.
Se dice que los Hiperbóreos se mezclaron con los humanos comunes, dando vastagos de gran belleza y dotados de poderes sobrenaturales como la precognición o adivinación del futuro, y una inteligencia brillante. Dice Diodoro que el Maestro que inició a Pitágoras en los Misterios y en las matemáticas, Ferécides de Siros, habría descendido de hiperbóreos.
Otras tierras legendarias, perdidas en lo profundo de los mares o transformadas en desiertos irreconocibles, son el Continente de Mu. El continente o Gran Isla de Hiva, la Tierra de Gond o Gondwana, la Lemuria.
La leyenda, las tradiciones y las informaciones conservadas en grupos esotéricos de origen muy antiguo, indican que estos continentes fueron aniquilados hace tanto tiempo, que resulta imposible que en ellos puedan haber existido seres humanos. O, al menos, seres humanos como nosotros, de la especie Homo Sapiens.
¿Cómo es posible que se hayan producido cataclismos tan enormes sin que la vida misma fuera aniquilada?
Antes de detallar lo que sabemos sobre esas tierras perdidas, conviene que comprendamos bien el asunto de los viejos cataclismos.

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Antes de la Leyenda
Los habitantes de esos mundos habrían tenido, entonces, “alma humana” aunque sus apariencias quizás hayan sido sólo extraños remedos de la figura humana que conocemos. Para la Iglesia Católica, lo que hace humana a una criatura es su alma. Así lo estableció la encíclica “Humani Generis” del 12 de Agosto de 1950, en que el Sumo Pontífice aceptó la teoría de la evolución y la posibilidad de que el cuerpo humano haya sido creado a partir de “materia viva” (por ejemplo, otro animal). Sólo exige la fe católica sostener que Dios creó las Almas humanas en acto inmediato, directo.
Esas leyendas llegan hasta nosotros por escritores de la antigüedad que a su vez citan a otros autores más antiguos los cuales por su parte se refieren a tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos… serán entonces otras leyendas las que nos permitirán confrontar, a través de coincidencias o contradicciones, qué puede haber de verdad en todo aquello. Qué pasó antes de que naciera la leyenda.
El muy suspicaz y realista historiador Heródoto, de la antigua Grecia, se mostró siempre reacio a dejarse convencer por relatos fantasiosos. Sin embargo, refiere que en Tebas, Egipto, los sacerdotes de Amón le hicieron saber que en sus papiros arcaicos se indicaba que el Sol había amanecido cuatro veces en forma distinta a la usual. Y que en dos ocasiones había amanecido por el lugar donde ahora se pone.
“Los Nueve Libros de la Historia”.
También otros documentos de la antigüedad, conservados en bibliotecas modernas, se refieren a trastornos cósmicos de gran envergadura. El “Papiro Mágico Harris”, el “Papiro Ipuwer” y el “Ermitage”, contienen aluciones a legendarias convulsiones del planeta, en las cuales la Tierra “se dio vuelta”, y “el Sur se hizo Norte”.
¿Quién pudo recordar hechos tan aterradores y antiguos?
La ciencia moderna no ha encontrado rastro alguno que pueda arrojar indicios sobre catástrofes tan enormes a partir del llamado “cuaternario”, es decir, la edad geológica y paleontológica en que se desarrollaron los mamíferos y apareció el ser humano.
Al parecer, si tales cataclismos ocurrieron en verdad, se produjeron cuando aún faltaban milenios, tal vez millones de años para la aparición del Homo Sapiens, la especie a que pertenecemos. ¿Cómo es posible, entonces, que haya recuerdos todavía más antiguos?
Hasta ahora, sólo se perfilan tres posibilidades.
La primera, que tales leyendas carezcan de fundamento y no sean más que sueños de la psiquis atormentada de primitivos visionarios. Cataclismos arquetípicos del inconciente colectivo y no del mundo material, (arquetipos: perteneciente a los símbolos primordiales de toda la humanidad y que dan forma al funcionamiento de la mente humana. Ver C.G. Jung).
La segunda, que tengan una base de verdad, pero que los testigos de tales hechos hayan sido no de la especie homo sapiens sino de una especie anterior a partir de la cual evolucionamos. Y que haya sido un conocimiento tan profundamente traumático y cargado de horror, que llegó a imprimirse en la memoria “raciomórfica” (raciomorfo: La aparente “inteligencia” de los animales que, siendo combinaciones instintivas, a veces pareciera “razonamiento”) de aquellos animales pre-humanos, sin disolverse en el olvido cuando esa especie desapareció y fue reemplazada por el “homo sapiens”.
La tercera posibilidad es que tales leyendas nos hayan llegado a través de testimonios de “otros seres”, que presenciaron las catástrofes y sobrevivieron a ellas, quedando como náufragos en un planeta deformado y distinto, en el que lograron aferrarse a la supervivencia por sucesivas generaciones de degradación sin esperanza. Los últimos descendientes de aquellas razas primordiales pueden, quizás, haber tenido contacto con los primeros de la raza nueva, la nuestra. Y en aquellos contactos pueden haber narrado su infortunio, masticando un pedazo de carne al trémulo abrigo de una hoguera ante un albergue de Cromagnon.
Llenos de compasión y horror, nuestros antepasados ancestrales habrían recordado esas narraciones, repitiéndolas de generación en generación por los sacerdotes y los “cuentacuentos” de la Tribu, hasta que la invención de la escritura permitió fijar la leyenda en el papiro y encontrarla ahora relegada a las cámaras de seguridad de un museo de Francia.
Si pensamos, con nuestra mentalidad moderna, en la posibilidad de que el sol salga por el Oeste y se ponga por el Oriente, consideramos que ello está fuera de toda posibilidad. La superficie terrestre gira a 1.750 kilómetros por hora en torno al eje de la Tierra (Recorre su perímetro de 42.000 kilómetros en el Ecuador, en 24 horas). Una frenada en ese movimiento proyectaría la inercia espantosa de océanos y continentes, aniquilándolo todo. Incluso la atmósfera terrestre saldría disparada, fuera de la gravedad del planeta. Y aún, faltaría encontrar que fuerza inimaginable podría detener el girar de la Tierra y además volverla a hacer girar en sentido contrario.
Es así claro que aquella inversión del curso del sol en el cielo no puede relacionarse más que con un bamboleo del planeta a lo largo de su eje norte-sur. Si una fuerza excepcional pudiera romper la inercia planetaria, éste mundo nuestro cambiaría la ubicación de sus polos en relación con el sol, y se invertirían los conceptos de oriente y occidente sin alterar para nada la inercia del movimiento de rotación de la Tierra.
Así, coinciden las dos leyendas primitivas. Para que el sol salga por occidente, el norte tiene que volverse al sur. Una leyenda justifica a la otra.

Y entre ambas leyendas pueden hacernos más comprensibles las tradiciones antiquísimas que nos hablan de los Continentes Perdidos: Hiperbórea, la Tierra de Mu, Gondwana, Lemuria, La Atlántida.
Más poderoso que mil bombas atómicas
¿Qué fuerza podría haber hecho oscilar a nuestro planeta tan fuerte como para volcarse por completo?
También aquí las posibilidades son tres, al menos según la lógica y los conocimientos actuales:
Primero, una fuerza proveniente del espacio exterior. El choque de un cuerpo sideral con la Tierra, por ejemplo. El célebre astrónomo y físico norteamericano Carl Sagan (Carl Sagan: “Cosmos”, 1982) menciona que en plena Edad Media un sacerdote del monasterio de Canterbury, Inglaterra, observó que en la luna había aparecido una gran llamarada sobre uno de sus bordes. El fenómeno fue visible por los monjes todos, y duró largo rato. Nadie le dio mucha importancia a la historia. Muchos la creyeron fantasía de un monje soñador. Pero los astrónomos de nuestra década, en el último cuarto del Siglo 20, decidieron hacer fe en que aquel hombre no tenía razón alguna para mentir, y verificaron el hecho, suponiendo que podría haberse tratado de la energía liberada por el impacto de un gran meteorito. Observando la luna con los potentes telescopios modernos, descubrieron que efectivamente había un cráter que parecía ser más reciente que los demás.
Era un cráter tan grande que señalaba su origen en un meteorito de tamaño respetable. Por lo tanto, pensaron, podría ser que hubiera hecho bambolearse la luna. Enfocaron sus radares ultra sensibles, y comprobaron que, efectivamente, la luna todavía se balanceaba vibrando, 800 años después del choque.
Resulta entonces posible que algo similar, aunque mucho más intenso, haya podido ocurrir con nuestro planeta.
La segunda posibilidad sería un caso de liberación de la misma energía interior de la Tierra. Una erupción volcánica monstruosa, una fisura profunda que hubiese liberado un chorro de magma (magma: Materia fundida por las altísimas presiones internas del planeta. La lava volcánica sería una forma de magma) y materia del núcleo planetario en un ángulo perpendicular al eje de los meridianos y desde una latitud relativamente próxima a uno de los polos. Con un efecto similar al de las bengalas de fuegos artificiales en espiral, la Tierra podría haberse girado por reacción de retroimpulso, aunque, una vez invertida la polaridad, el efecto giroscópico de la rotación volvería a estabilizarla.
La tercera posibilidad es mixta. Una combinación de las energías propias del planeta y de estímulos provenientes del espacio exterior. Por ejemplo, el acercamiento de un cuerpo poseedor de un campo magnético equivalente al terrestre, que por repulsión de polos iguales hubiera producido la inversión del polo norte y el polo sur. O acaso el impacto de un meteorito que, sin tener masa suficiente para voltear el planeta, lo haya en cambio perforado creando una especie de “tobera” para que surgiera el chisguetazo o “jet” de materia incandescente a presiones formidables con el efecto que señalábamos en la segunda posibilidad.
Desgraciadamente la ciencia actual carece de suficientes datos como para poder precisar qué es lo que podría haber ocurrido en realidad.
Pero, sea cual fuere la posibilidad que se dio, liberó una energía monstruosa, superior incomparablemente a la de mil bombas atómicas detonadas simultáneamente.
Para quien hubiera presenciado un cataclismo así, el espectáculo habría sido dantesco. Un estremecimiento telúrico peor que cualquier terremoto conocido por la humanidad, seguido de vientos huracanados, mientras nubarrones de negrura abrumadora avanzaban bramando desde el norte o bien desde el sur. Pero lo que podría haber provocado la demencia del espectador habría sido ver a nuestro sol, nuestro Astro Rey, salirse de su curso, como en la leyenda de Faetón (Faetón: personaje de la mitología griega, era un jovencito priviligiado por Febo, el Dios del Sol. Un día le tomó el carro del Sol y quizo conducirlo él, sacando al astro de su curso y provocando desastres) y derivar locamente en dirección a uno de los polos.
Pero pronto los nubarrones habrían ocultado el sol y al cielo entero. Una noche interminable, que acaso duraría semanas completas, caería sobre los miseros seres vivientes acompañada de lluvias torrenciales. Si hubiera efecto de jet por liberación de magma fundido, la lluvia sería de agua sucia, saturada de cenizas y de sustancias a menudo venenosas.
Génesis, fango, vida
En el primer capítulo del Génesis, se cuenta que…
Génesis 1:9
“Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.”
Génesis 1:10
“Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.”
La narración bíblica corresponde muy bien a la concepción que muchos geólogos tienen de las etapas primordiales del planeta, una vez que la superficie alcanzó un poco de calma, la atmósfera se aligeró de vapores y se dieron las primeras condiciones favorables para que irrumpiera la vida en la Tierra. El Geólogo austríaco Otto Muck resume la teoría según la cual, al principio, todo el planeta era un inmenso charco de poca profundidad, sobre el cual los pesados vientos primordiales corrían libres de todo obstáculo.
Ese mar total estaba formado por agua casi dulce, todavía muy lejos de saturarse de sales y otros compuestos solubles. Además, bajo un cielo eternamente nublado, los rayos infrarrojos del sol no conseguían rebotar hacia el espacio, liberando al planeta del calor sobrante, y entonces el efecto de invernadero de esas nubes mantenía un clima tórrido, húmedo, muy pobre de oxígeno. Para nosotros, un horrible baño turco pestilente. Pero parece que fue el habitat inicial de las primeras formas de vida, hace ya tres mil quinientos millones de años. (Esta antigüedad de la vida es aceptada por casi todos los biólogos modernos. Ver “Biología del conocimiento” de R. Riedl).

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De acuerdo a la cronología que entrega el investigador Peter Kolosimo (P. Kolosimo: “Tierra sin Tiempo”) la estabilización relativa de la superficie terrestre se produjo hace unos mil millones de años. O sea, cuando la vida poblaba la Tierra desde hacía ya dos mil quinientos millones de años. En términos de evolución de las especies esto significa mucho. Dos mil quinientos millones de años es tiempo suficiente para que la vida haya progresado no solo territorialmente, creando la llamada “biósfera” (biósfera: la capa o estrato que envuelve al planeta donde la vida se da naturalmente), si no en términos de su propio desarrollo. Ya existían organismos complejos, agrupaciones orgánicas de alto número de células especializadas. Animalillos cazadores y animalillos herbívoros, hongos, algas, líquenes, y ya estaban desarrolladas muchas plantas de superficie, flotando sobre las aguas como nenúfares, o adheridas a cualquier ápice de suelo que encontraran.
El efecto de la vida en la superficie del planeta fue mucho más decisivo de lo que uno pudiera imaginar de primeras. Las colonias de pequeños seres envueltos en caparazones calcáreas dieron origen a ciertas rocas. La fotosíntesis de los vegetales verdes y rojos fue restándole carbón a la atmósfera y cargándola de más oxígeno. El aire y el agua cambiaron químicamente por influjo de la vida.
La erosión irrefrenable de los primeros tiempos hacía que cada grumo de tierra que emergiera del gran charco planetario desapareciera en brevísimo tiempo, disuelto por las lluvias torrenciales y los vientos desenfrenados. Pero la aparición de la vida comenzó a poner sus débiles diques hechos con cuerpecillos y raíces, que aunque no lograban contener el arrasamiento, al menos lo retardaban. Y más y más seres se acumulaban sobre las rocas, incluso sus cadáveres permanecían defendiendo las posiciones conquistadas por la vanguardia de la vida, formando delgadas capas de suelo fértil donde pudieran adherirse raicillas más poderosas. La tenacidad maravillosa de la vida conquistaba el infierno y lo transformaba en algo mejor.
En tanto, nuevas erupciones del manto subacuático. Los cráteres incontables vomitaban materiales ardientes que destruían cuanta vida tocaran. Pero ese material se enfriaba, se endurecía y rápidamente la muchedumbre de los seres vivos penetraba en los poros de la lava, amalgamaba las cenizas y al fin colonizaba la materia estéril.
Así, la vida coadyuvaba poderosamente a la transformación del mundo en su composición tanto como en su forma. La vida consolidaba la agrupación de los trozos de tierra emergida, relativamente seca. Y las nuevas tierras que surgían, por efectos volcánicos o por la corrugación de masas semisólidas, se acumulaban, se comprimían contra las islas ya consolidadas. Al mismo tiempo, al escapar y vaciarse el contenido de grandes bolsas de magma atrapadas en el subsuelo solidificado, se producían hundimientos, abolladuras y grietas que eran abismos. Las aguas se vertieron allí y nuevas tierras emergían para ser conquistadas por la pujanza de la vida, como si ésta fuese la voz de Dios que menciona el Génesis.
Las plantas ya lograban vencer a la erosión, los organismos acuáticos entregaban sus partes calcáreas para formar roca, para neutralizar ácidos y para nutrir plantas. Al chocar contra esos obstáculos sólidos y comprimirse contra ellos, las moles de materia formaron colinas, cerros y elevaciones considerables. Y debajo de ellas, la presión producía otros cambios químicos.
Así, hace unos mil millones de años el aspecto del planeta probablemente fuese el de un archipiélago formado por millares de islas grandes, pequeñas o enormes. En cada una de esas islas las selvas primordiales, se abrían a la luz solar en una fotosíntesis voraz, recogiendo el carbono del aire para transformarlo en glucosa y liberando en cambio el oxígeno vital.
El cielo fue poniéndose azul. Con frecuencia cada vez mayor, los nubarrones se abrían para dejar pasar la luz pura del astro y para dejar escapar el excedente de rayos infrarrojos. La temperatura, por lo tanto, disminuyó y con ello se hizo también más rápido el enfriamiento de las materias eruptivas.
Pero, muy abajo, en las honduras planetarias, otros fenómenos concurrían a definir el destino de las tierras y los mares.
El vals de los Continentes Patinadores
Si uno observa un planisferio o un globo terráqueo, puede advertir que algunas formas de los continentes parecen coincidir con las de los continentes vecinos como piezas de un rompecabezas. La gran joroba sudamericana que remata en el norte de Brasil parece encajar muy bien en el Golfo de Guinea. El extremo sur y Tierra del Fuego parecen haberse desenroscado separándose África de Sur. Australia parece haber huido desde las costas de Chile, y la Antártica se diría que se replegó hacia el polo escurriéndose desde el Océano Indico, donde habría gozado de un clima cálido.
El geólogo Alfred Wegener fue quien sometió esas aparentes coincidencias a estudios científicos concienzudos utilizando las posibilidades de observación de la ciencia moderna. Con los descubrimientos que hizo elaboró la llamada “Teoría de la Deriva de los Continentes”.
Según esta teoría, los continentes se alzan sobre una especie de gran patín muy duro que es la “placa” o “plataforma” continental. Esta placa se posa en una capa o estrato más profundo que está compuesta principalmente por elementos livianos, sobre todo sílice y aluminio. Si y Al son los símbolos químicos de éstos dos elementos, y por ello a ese estrato se le llama el Sial. Pues bien, el Sial es suave, relativamente viscoso, sobre todo porque está muy caliente debido a la presión gigantesca que soporta. Por efecto de inercia y la rotación de la Tierra, los continentes resbalan con sus placas encima del Sial. Mediciones muy precisas efectuadas en las últimas décadas indican, por ejemplo, que Sudamérica está alejándose cada vez más de África y da la impresión que se empeñara en alcanzar a la lejana Australia, aunque, para hacerlo, tendría que arrollar a su paso todas las islas de la Polinesia. El movimiento de Sudamérica hacia el poniente es, según ciertas mediciones, del orden de los dos y medio centímetros al año. A tal velocidad chocaremos con la Isla de Pascua o Rapanui en solo 150 millones de años más.
Pero la teoría de Wegener presenta un problema muy curioso. El hecho de que los continentes calcen entre sí indicaría que una vez estuvieron todos unidos en una sola masa continental que abarcaba toda las tierras del planeta, y por lo tanto, en aquel tiempo hubo también un solo océano.
Esto es muy extraño si sabemos que las tierras emergieron diseminadas en todo el globo, como islas esparcidas más o menos uniformemente, aunque reunidas con mayor densidad al norte de la línea ecuatorial. ¿Qué podría haber producido esa reunión de todas las islas en un solo continente?
Hasta ahora solo se ha dado una explicación: la del surgimiento de un obstáculo suficientemente poderoso como para detener la deriva de uno de los continentes que abarcan ambos hemisferios. Concretamente, las Américas. Al detenerse, frenadas por el surgimiento quizás de una enorme cordillera submarina, como una protuberancia de materiales más pesados y duros que el Sial, las demás tierras fueron alcanzándolas. Chocaron entre sí y se apretaron hasta arrugarse formando grandes cordilleras como los Himalayas, los Andes, o los Urales.


 Esta aglomeración de todas las tierras en un solo continente inmenso, ha sido llamada la “Pangea” o “Megagea” (Pangea: Del griego: Pan = todo, todas. Gea = Tierra. Megagea. Del griego: Megas = Grande), y es ha partir de ella, hace unos mil millones de años, que surgen las fechas atribuidas a la aparición de los continentes legendarios.
Lemuria de los Monstruos
¿Conoce Ud. al Ornitorrinco? Es el único mamífero dotado de glándulas venenosas y aguijón. También es el único mamífero que pone huevos. Tiene pico de pato, una piel tan linda que casi le cuesta la extinción de la especie; es simpático pero tiene una mirada hipócrita… En fin, para hablar del Ornitorrinco inevitablemente hay que ponerse chismoso. Es un animal sarcásticamente concebido. Y, naturalmente, es australiano.
Porque si hay un lugar del mundo donde abundan los seres extraños, ese lugar es Australia y sus fragmentos desperdigados en forma de islas por los alrededores. ¿Qué le parecen los canguros? ¿Y los lobos marsupiales, las ardillas voladoras y el Demonio de Tasmania?
Como solución biológica para la reproducción, ¿qué opina Ud. de la idea de que sea el feto, apenas formado, el que abandone el útero materno, se trepe como pueda agarrándose a la pelambrera maternal hasta alcanzar el bolsillo de su mamá, y se instale ahí hasta terminar su desarrollo? Pues esa es la técnica australiana de los marsupiales.
La rareza de ciertas especies animales autóctonas de Australia y los archipiélagos vinculados a ella indican con toda claridad que se trata de tierras que siguieron una línea evolutiva de la vida por completo aislada de la evolución en el resto de nuestro mundo.
Pangea o Megagea según la teoría de Wegener
Los pequeños continentes Chilenia y Patagonia aún no son embestidos por Sudamérica.
Esto nos conduce necesariamente a concebir que esas tierras que hoy componen el conjunto australiano estuvieron separadas de los demás continentes desde antes de que los mamíferos desarrollaran sus características comunes, en el cenozoico.
Para muchos, estas tierras son los restos de un enorme continente primitivo quizás tan vasto como la actual Eurasia, que ocupaba la zona que hoy acoge al Océano Pacífico Sur, desde Madagascar, al Sur de África, hasta la Isla de Pascua, unos 4.000 kilómetros al oeste de las costas de Chile. Tal continente habría sido la mítica Lemuria, cuna de seres inteligentes que desarrollaron una civilización millones de años antes de que el Hombre se desgajara del viejo tronco de los antropoides.
De acuerdo a los más recientes descubrimientos de fósiles claramente humanoides, la especie más antigua con características humanas es la llamada “homo habilis”, antepasado directo del “homo erectus”, y vivió hace dos millones doscientos mil años en África, cerca de Tanganyika (Richard Leakey: informe de fósiles humanos en Lago Turkana), en cambio, Lemuria, según las pistas que nos da el proceso de evolución de las especies, habría perdido contacto con el resto de las tierras emergidas hace más de 90 millones de años.
Para el geólogo alemán Alfred Wegener, el desmembramiento del supercontinente “Pangea” o “Megagea” se produjo hace 180 millones de años. Para él, Pangea en su zona norte constituía una región que llamó “Laurasia”, mientras que la región Sur, formada por parte de la actual Sudamérica, la Antártida, el Sur de África y la India, constituían lo que para él era “Gondwana”.
Estudios posteriores, que perfeccionaron la teoría que Wegener planteó en 1926, han venido a demostrar que efectivamente las tierras emergidas formaban una gran cantidad de pequeños continentes y enormes islas, que chocaron entre sí por el azar de la deriva de las placas continentales. De esos choques quedan como muestras las cicatrices, donde se soldaron los continentes, y que reciben el nombre de “líneas de sutura”. Allí se encuentran unas rocas muy especiales en forma de almohadillas, del pesado material basáltico de la costra que forma el fondo marino.
En el Océano Pacífico se encontraban pequeños continentes como las actuales sierras de Perijá y Garzón, que se incrustaron al Norte de Sudamérica y hoy forman gran parte de Colombia. En el Sur, habrían existido otros dos pequeños continentes: “Patagonia” y “Chilenia”, según las observaciones realizadas por los geólogos Víctor Ramos y Constantino Mpodozis, sobre las “líneas de sutura” existente al Este de Los Andes.
“Chilenia” habría sido una enorme isla, de 800 kilómetros de largo por unos 300 de anchura, y se habría soldado con la actual Sudamérica hace unos 450 millones de años, según la datación obtenida por los geólogos sudamericanos (“Seminario de Geología de los Andes”, Stgo. de Chile, Noviembre de 1985).
Estos resultados no dejan cabida para la existencia de una gran Lemuria donde se supone que debía haber estado… salvo que la Lemuria hubiese estado formada por la actual Australia, la Antártida y otros fragmentos menores, durante el período en que la Pangea se desmembró.
Pero debemos admitir que es posible que haya habido otras tierras emergidas que posteriormente se hundieron, al Norte y al Oriente de lo que era la Australia en el mapamundi de Wegener. En cataclismos tan grandes como la basculación del planeta y el cambio de los polos, las inercias deben haber fracturado la corteza terrestre de extrañas maneras, enclavando un estrato debajo de otro, hundiéndose y levantándose.
Así, pues, de aquella Lemuria de las leyendas primordiales podemos decir solamente que la ciencia no ha encontrado vestigios geológicos, pero que tampoco hay indicios que puedan negar que alguna vez haya existido.
Por otra parte, hay otros indicios que muestran que pasaron cosas raras en lo que hoy es el fondo del Océano Pacífico. Muchos de ellos son geológicos, y sería excesivo entrar en detalles. Otros son más inquietantes. Hablan de civilizaciones extremadamente antiguas, que ya no coinciden con las fechas de la evolución de nuestra especie. Que indican que tales civilizaciones fueron obra de seres de otra especie pero dotados de “alma humana”, según el criterio de la Encíclica que antes citamos.
Los Brujos Hablan
Las mejores descripciones de la Lemuria nos vienen de fuentes poco científicas. O al menos poco ortodoxas en términos de la ciencia según la conocemos. Vienen de las llamadas Experiencias Psíquicas de Conocimiento, practicadas por diversas escuelas iniciáticas (Iniciática: enseñanzas que se imparten mediante el método de “iniciaciones” sucesivas, luego que el neófito prueba que está capacitado para recibir el conocimiento de nuevos misterios) y esotéricas (Esotérica: Reservada sólo para el conocimiento de una élite de “elegidos”). Grandes figuras de esta forma misteriosa de exploración del universo, como el Dr. Eliphas Levy, el Dr. J. Adoum, Mme. Blavatsky, Alexandra David-Neel, el arqueólogo D. Russo, y otros, han hecho sus aportes contemporáneos para perfilar la leyenda de Lemuria.
El investigador Peter Kolosimo transcribe una descripción hecha por ciertos iniciados, cuyos nombres prefiere guardar en secreto. Según esa transcripción, en Lemuria había más de mil volcanes activos en erupción ininterrumpida. Los habitantes eran “seres de pesadilla que podrían estar emparentados con los gigantes de Saurat y Bellamy” (célebres imagineros de fantasía y horror). Detalla que sólo vagamente recordaban la figura humana, grotescamente distorsionada. Seres entre tres y medio y cuatro y medio metros de altura, con una piel amarillo oscura “que recuerda, a la par, la del rinoceronte y la escamosa del cocodrilo”. Estos seres tenían larguísimos brazos y piernas que no podían estirar completamente. El tamaño de sus manos y pies era desmesurado, pero lo más monstruoso de todo era la cabeza de los lemúridos: “la cara es aplastada, la mandíbula inferior alargada, y los ojos frontales son pequeños, bastante separados entre sí, de manera que permiten a sus propietarios mirar tanto hacia delante como lateralmente”.
Fuera de sus ojos frontales, los lemúridos descritos por los “videntes” de Kolosimo tienen también un tercer ojo… ¡en la nuca! Este “les consiente dominar también el paisaje que tienen en la espalda”. Carecen por completo de pelos, y su cabeza recuerda la mitad superior de un tomate rebanado.
Hasta aquí la historia podría resultar aceptable como una posibilidad de evolución de alguna clase de reptiles que hubiese elegido soluciones funcionales “homólogas” con las humanas (homólogas: se dice de cosas o seres de naturaleza distinta que adoptan formas iguales. Por ejemplo el Ictosaurio y el Delfín tienen forma casi idéntica, viven en el mismo medio y se alimentan de lo mismo. Pero no tienen ningún parentezco: uno era un saurio y el otro un mamífero). Hay algunos cráneos fósiles de dinosaurios muy primitivos, encontrados en China, que parecieran presentar algo como la órbita de un tercer ojo situado en la nuca.
Pero, en seguida, los brujos agregan algo que la ciencia debe rechazar como un absurdo completo: que los tales lemúridos evolucionaron hasta convertirse en el grupo étnico conocido como los “Australoides”. Por raros y feos que nos parezcan los australoides, todas las evidencias biológicas y bioquímicas señalan categóricamente que son auténticos seres humanos pertenecientes a la especie Homo Sapiens, y no a una especie de reptil evolucionado.
Respecto de Gondwana, el otro gran continente perdido, hay opiniones encontradas entre los que aceptan que alguna vez haya existido. Como vimos, el geólogo Alfred Wegener llama Gondwana a la parte Sur que resultó del partirse en dos el supercontinente Pangea. Kolosimo, por su parte, se pregunta si Gondwana no será una parte de la Lemuria, que no se hundió si no mucho tiempo después. Para Robert Charroux (“Historia desconocida de los Hombres”) se trataría de la contrapartida de la Hiperbóreas, situada en el hemisferio Sur, diametralmente opuesta a la Isla Maravillosa.
No obstante, esta posibilidad no parece real si aceptamos el testimonio dado por navegantes fenicios, griegos y babilonios que cita Plinio, los cuales habríanse aproximado a Hiperbóreas lo suficiente como para apreciar la belleza sublime del país. De ser esto verdad, querría decir que Gondwana habría existido en el Pacífico Sur hace menos de 12 mil años. Y eso no es posible.
Fuera del cataclismo que, con bastantes fundamentos, se atribuye al hundimiento de la Atlántida, ocurrido hace algo más de once mil años, la Humanidad no tiene recuerdos de nada tan formidable que pudiera haber ocasionado el hundimiento de un continente entero.
A Gondwana sólo se le menciona de pasada. No hay leyendas ni “versiones mágicas” acerca de los Gondwanenses a nuestro alcance. Da la impresión de que se le considera como un continente que hizo de puente entre la Lemuria y la espléndida Tierra de Mu.
Mu y Después de Mu
“La Tierra Madre” llamaban a Mu los antiguos sabios de la India, según el relato del célebre arqueólogo y antropólogo aficionado James Churchward, quien mientras se desempeñaba como coronel del ejército británico en la India, logró establecer contacto con sabios maestros de un convento-seminario budista.
Este coronel tuvo, gracias a su capacidad de trabar amistad con los sabios indios, acceso a una biblioteca de tablillas de cerámica, tan secreta que durante muchos siglos, al decir del abad, ni siquiera los más altos sacerdotes habían tenido derecho a desenvolver las tablillas y contemplar los signos y dibujos que las cubrían.
Cuenta Churchward que los sacerdotes le explicaron que las tablillas habían sido escritas por los Naacal, seres de gran poder pero bondadosos, llegados en la remota antigüedad para traerles la sabiduría de Mu.
Al cabo de muchos meses de ruegos, con un pretexto u otro, el coronel logró que el viejo sacerdote accediera a abrir el cofre y desenvolver las tablillas que se guardaban cuidadosamente protegidas en envoltorios de paño. Ambos cayeron de inmediato en la fascinación de los textos cuyos caracteres al principio les resultaron incomprensibles.
Sin embargo, el coronel estaba familiarizado con varios alfabetos primitivos y asimismo el sacerdote poseía conocimientos sobre la escritura arcaica de los habitantes de la India anteriores a la llegada de los arios.
Así, refiere James Chuchward que finalmente entre ambos lograron traducir los textos. En ellos, dice, se refería la historia de la Tierra hasta la aparición del Hombre. Pero el relato estaba inconcluso. Faltaba un número de tablillas. El inglés dedicó el resto de su vida e invirtió su fortuna integra en recorrer el mundo a la siga de rastros de las historias mencionadas en las tablillas. Al parecer, en el Tíbet pudo leer algunas de las tablillas que faltaban.
Según este hombre la lengua de Mu y la escritura de Mu son la fuente de los idiomas y las escrituras del mundo civilizado. Es decir, la civilización de Mu habría sido la madre de la civilización humana.
Por desgracia este investigador, abnegado y profundamente honesto en sus convicciones, no logró aportar pruebas concluyentes de sus hipótesis, y las tablillas de la India desaparecieron al igual que las de Lhasa en el Tíbet, como si voluntades misteriosas las hubieran escamoteado a la ciencia moderna. Esto ocurrió en la segunda mitad del siglo 19.
Pero en pleno siglo 20, un arqueólogo ruso, el Profesor Koslov, hizo un descrubrimiento que habría emocionado al coronel Churchward. Excavando en las ruinas de la arcaica ciudad de Kara-Khota, en el actual desierto de Gobi, en Mongolia, encontró una tumba decorada con un mural que representaba a una joven pareja de aristócratas, posiblemente reyes. Sus aspectos eran muy similares al de los europeos modernos y ostentaban un escudo en cuyo centro se veía un signo del todo igual que la letra griega Mu (El sonido de la vocal U en griego era similar al de la U francesa, entre “u” e “i”).
La datación obtenida por el profesor Koslov determinó para esa tumba una antigüedad de 18.000 años.
Nuevamente nos encontramos con que las pistas arqueológicas nos ponen en aprietos. ¿Qué gran catástrofe puede haber ocurrido hace menos de 18.000 años, capaz de hundir a todo un continente con su floreciente civilización?
Dieciocho mil años atrás el hombre era ya prácticamente igual a nosotros. Las diferencias que podrían existir se deberían únicamente a la alimentación y a la adaptación que hemos debido lograr para poder vivir en un mundo envenenado por la polución industrial. Digamos, el hombre de 18.000 años atrás era idéntico al hombre que trabajaba en la construcción de la Catedral de Sevilla, en la Edad Media. Cualquier catástrofe gigantesca habría quedado impresa en la memoria de los pueblos como quedó el Diluvio Universal.
Islas regulares pueden hundirse sin mucho aspaviento, pero no los continentes. Además, en el mismo desierto de Gobi se han encontrado fósiles de dinosaurios que demuestran que el antiguo mar que allí hubo se secó durante el mesozoico, muchos millones de años antes de que los mamíferos aparecieran en la Tierra.
No podemos decir si Mu fue un imperio, una civilización ocurrida en tierras que aún existen, aunque con otros nombres y habitadas por otros pueblos. No sabemos si Mu fue un imperio de islas. Pero hay algo muy serio detrás de la leyenda de Mu.
Es verdad que los alfabetos se entroncan unos con otros y el descubrimiento de Glozel, un yacimiento paleolítico en Francia, mostró ante el asombro de los científicos que había un alfabeto auténtico miles de años antes de que los fenicios escribieran sus primeras crónicas o los egipcios iniciaran su escritura. Un alfabeto fonético es fruto de formas muy abstractas y refinadas de pensamiento, y ningún pueblo paleolítico estuvo en condiciones de crearlo. Pero si de aprenderlo.
Izquierda: Tablilla de Glozel. Derecha: Reproducción de pintura rupestre encontrada en Kimberley, Australia. Los aborígenes dan a estas figuras el nombre de "wandjinas", y aseguran que no fueron realizadas por sus antepasados, sino que fueron hechas por los propios seres a los que representan cuando éstos descendieron a la Tierra en tiempos muy antiguos.
¿Quién le enseño a escribir a los cavernarios de Glozel?
¿Quién construyó las extrañas ruinas ciclópeas, ajenas a todas las culturas antiguas conocidas, que aún existen en las islas del Pacífico Sur?
¿Quién inició la leyenda de las grandes rutas subterráneas, a través de túneles, como los que recién hace algunas décadas los científicos han venido a descubrir?
Es tanto lo que ignoramos sobre nuestro pasado que sería igualmente torpe aceptar como cosa probada la existencia de civilizaciones avanzadísimas anteriores a la aparición del hombre… como negar que hayan existido.
La humanidad espera a los nuevos exploradores que descubran aquellos continentes perdidos en los océanos del tiempo.

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