La leyenda cuenta que la Atlántida era una isla de grandes dimensiones, se podría considerar un continente, según algunas hipotesis en el Mediterráneo, en otras versiones en el Océano Atlántico, fue destruída por un terremoto o tsunami que inundó totalmente sus tierras dejándola por siempre sumergida bajo las aguas y olvidada en el pasado.
Sus habitantes poseían una tecnología y cultura muy superior a la de los contemporáneos de su época y fueron decisivos en los avances de todas las culturas mundiales. Su ubicación les permitía el acceso a culturas tan dispares como la egipcia y la Maya y eran consumados viajeros, dominando con sus barcos todos los mares y océanos del planeta. La similitud entre estructuras arquitectónicas como las piramides Mayas y Egipcias, o el parecido fonético de algunas palabras en culturas separadas por aguas y miles de kilómetros de distancia se deben según los partidarios de la existencia de dicha isla o continente y a la influencia que los Atlantes (nombre con el que habitualmente se designa a los habitantes de la Atlántida) gracias a su avanzada tecnología marcaron culturas de todo el mundo.





Nacimiento y Caída de la Atlántida
La leyenda de la Atlántida parte de Platón hacia el 350 a.C., el cual, en los diálogos Timeo y Critias, cuenta la historia de una civilización floreciente que vivía en una isla “más allá de las columnas de Hércules” (nombre antiguo del Estrecho de Gibraltar). Él aseguraba basarse en el sabio griego Solón, que 200 años antes decía haber oído en Egipto que una isla había sido destruida “al oeste” como consecuencia de un gran cataclismo que la sumergió en las aguas en tan solo unas horas. En más o menos 20 páginas describe esta floreciente cultura, sus ciudades y abundancias y como debido a una afrenta a los dioses (eran adoradores de Poseidón) fueron castigados y una serie de cataclismos les sumergieron en las aguas.
Hasta aquí podría parecer la típica historia moralista tan habitual en Mitología griega, pero numerosos estudiosos a lo largo de la historia han buscado su significado real pues en gran cantidad de culturas existen mitos similares a los de la Atlátida de Platón, según algunos de ellos existe una especie de memoria histórica o componente real en dicha historia y si bien la mayoría de las hipotesis fueron desestimadas por falta de pruebas o demostrada su invalidez, es cierto que de tratarse de un leyenda fue de gran difusión en una edad tan temprana del hombre que pervivió en diferentes y dispares culturas.

Ubicación de la Atlántida

La imagen romántica de una isla fabulosa tragada por el mar, ha significado que su ubicación haya sido buscada desde la época de Platón, aunque nadie está seguro si existió realmente muchos son los investigadores que la buscaron, una empresa no del todo descabellada, pues al fin y al cabo también la Troya de Homero se creía producto de la fantasía, hasta que el arqueólogo Heinrich Schliemann la descubrió en 1903. Las ubicaciones sugeridas para la Atlántida, incluyen lugares diversos a continuación enumeraré algunas de las ubicaciones más nombradas:

En el Mar Mediterráneo
Del relato de Platón se deduce que la civilización atlante debió florecer hace más de 12.000 años. Este dato no puede ser exacto en ningún caso, puesto que en aquellos remotos tiempos todavía no existía ninguna cultura evolucionada que trabajara los metales, estuviera gobernada por reyes y dominara los mares con sus barcos. 

En cuanto a la localización del misterioso continente, el texto del filósofo ateniense lo sitúa “más allá de las Columnas de Hércules”, y esto significaba, según la concepción de la antigüedad, al otro lado del estrecho de Gibraltar, es decir, en el océano Atlántico. Pero atención, recordemos que la fábula procede de los antiguos egipcios y, para ellos, la isla perdida se llamaba Keftiu (el nombre que tenían para Creta). La fuente de información de Platón, el legislador y estadista Solón, pensaba naturalmente en griego, de modo que traduciría las indicaciones del sacerdote egipcio a su propia lengua, pudiendo producirse por esto algunos equívocos. Posiblemente los egipcios tenían en mente un lugar totalmente diferente al referido por Solón, ya que para esta civilización confinada en el valle del Nilo, el mundo conocido terminaba no ya en el Atlántico, sino en el mismo Mediterráneo.
La teoría que desde 1909 ha sumado más adeptos afirma que la Atlántida fue Creta u otra isla cercana, la de Santorini. Por consiguiente, la civilización atlante se identificaría con la minoica. Son muchos los datos que apoyan esta tesis. Para los antiguos egipcios, Creta constituía un lugar de interés a causa de su cercanía y su fuerza, aunque resultaba casi inaccesible debido a su ubicación en mitad del Mediterráneo. Por otro lado, la decadencia y caída de esta civilización encaja con el dramático final descrito por Platón: hacia el año 1500 a.C. una tremenda erupción volcánica en la isla de Thera (hoy llamada Santorini) originó terremotos, tsunamis y lluvias de cenizas que acabaron por dar el golpe de gracia a aquella cultura de la Edad del Bronce, que ya había sufrido anteriores seísmos.
La fecha es lo único que no concuerda, pues recordemos que, según Platón, la Atlántida debió florecer alrededor de 12.000 años atrás. Sin embargo, pudo ocurrir que el informador egipcio de Solón se hubiera basado para sus cálculos en uno de los calendarios lunares al uso en aquella época, confundiendo al griego, quien habría tomado los años lunares por solares. En tal caso, la fecha referida por el sacerdote sería el año 1200 a.C. aproximadamente, lo cual coincide, admitiendo un margen de tolerancia de dos o tres siglos, con la explosión de Thera.

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En cualquier caso, por bien que suene esta hipótesis -desarrollada y defendida sobre todo por los investigadores griegos Angelos Galanopoulos y Spyridon Marinatos- también tiene sus puntos débiles. Así, la clasificación cronológica de los diferentes estilos cerámicos de la isla de Santorini demuestra que esta cultura sobrevivió al menos cincuenta años a la erupción del volcán. La Atlántida no se hundió, por tanto, en este lugar. Y menores son las posibilidades de que se tratara de la cercana isla de Creta; Cnosos, el centro de la cultura minoica, no se colapsó hasta algunos siglos después de la erupción del volcán y, como todos sabemos, la isla continúa en su sitio.

En el Océano Atlántico


El relato de Platón hablaba de una enorme isla “más allá de las columnas de Hércules” este dato hacia suponer que debía encontrarse en el Océano Atlántico y durante siglos investigadores del tema la situaron en dicho emplazamiento. Dicha teoría fue totalmente rechazada en 1.950 cuando se demostró la tectónica de placas y se comprobó que no existen ni existieron vestigios de ningún continente sumergido.

Hasta que dicho teórico emplazamiento se demostró que no era correcto, investigadores como Ignatius Donnelly, quien publicó su libro Atlantis: The Antidiluvian World en 1882, obra que conocería más de cincuenta ediciones y que sirvió de punto de partida para numerosas teorías posteriores. Donnelly estudió los enigmas de distintas culturas y elaboró a partir de tan misteriosos ingredientes una hipótesis irresistible: la Atlántida fue un continente entre Europa y América que se sumergió y que incluso llegó a constituir un puente terrestre entre ambos mundos.
Los principales datos que corroborarían su teoría son los siguientes: la lengua de los aztecas posee asombrosas semejanzas con la de los egipcios. (Esto no es exacto, dicen los escépticos; el parecido procede de una interpretación errónea de los signos de la escritura azteca). Los egipcios no fueron los únicos que construyeron pirámides; también los antiguos pueblos centroamericanos levantaron este tipo de estructuras, de modo que debió existir algún contacto entre ellos. (Tonterías, afirman los detractores de Donnelly; una forma geométrica tan elemental puede inspirar a cualquier arquitecto espontáneamente, sin que tenga que copiar de nadie).
Donnelly no ofrecía nuevas pruebas de la existencia de la Atlántida, sino una síntesis tan brillante como persuasiva de las ya existentes, echando mano de informaciones procedentes de campos tan diversos como la arqueología, la oceanografía, la filología, la geología, la historia, la mitología, la etnología, la zoología y la botánica para argumentar la historia de Platón y con la intención de demostrar que sin un continente que hubiera servido de puente las coincidencias que proponía no hubiesen podido darse.

La Atlántida en América
 Al ser descubierto el nuevo continente surgió como es lógico una nueva teoría, ¿Podría ser América el continente descrito por Platón?, ¿era posible que las tierras descubiertas por Cristobal Colon fueran parte de la isla soñada?
La respuesta parecía ser no pues parecía muy improbable con la tecnología de la época que relataba Platón pudiesen realizarse viajes en barco a tan larga distancia y más cuando se describían flotas de 1200 barcos que conquistaban allá por donde pasaban con sus tropas. Un dato cuando menos curioso sobre esta teoría es el siguiente:
En una sesión de trance realizada en 1933, el vidente norteamericano Edgar Cayce describió de una forma colorista y fantástica la vida en aquella antigua civilización, prediciendo, además, que una parte de ella sería encontrada en el año 1968. Y en efecto, un año más tarde de lo vaticinado se descubrieron en el fondo marino frente a las Bahamas ciertas estructuras aparentemente realizadas por la mano humana. La localización de la Atlántida en esta zona ya había sido propuesta por otros investigadores, que sin duda se remitían a los datos aportados por el geógrafo romano Marcelo, del primer siglo antes de nuestra era. Según él, el continente perdido habría estado integrado por siete islas pequeñas y tres grandes, la mayor de ellas de 1.000 estadios de diámetro, lo que equivale aproximadamente a 200 kilómetros.
¿Debemos, pues, buscar los restos de la Atlántida en el Caribe? La mayor de las islas antillanas, La Española, tiene un tamaño que coincide más o menos con el calculado por el sabio Marcelo. Sin embargo, estas especulaciones tienen muy poco que ver con la descripción de Platón. Las formaciones de piedra encontradas son según los expertos tan solo una formación rocosa insólita y no tienen nada que ver con la mano del hombre y aún en el caso de ser estructuras arquitectónicas creadas por el hombre parece muy poco probable que perteneciesen a la Atlántida que relataba Platón y con casi total seguridad serían parte de una cultura megalítica aun desconocida.
Conclusiones
La tectónica de placas no deja lugar a dudas, no hay lugar para la Atlántida, ningún continente o isla de dimensiones como las descritas pudo haberse sumergido o inundado sin dejar pruebas de ello. Por lo cual tenemos que pensar que de ser algo mas que un mito deberíamos buscar la Atlántida entre las tierras ya conocidas, probablemente una isla mediterranea, alguna región europea que fuera mal interpretada en los mapas o traducciones de textos antiguos, otras hipotesis barajan la posibilidad de que se tratara de las Azores e incluso en Suecia.
Aún así no deja de ser fascinante como durante siglos se ha buscado un continente idílico y existen tal cantidad de textos a lo largo de la historia aportando pruebas de su existencia.

ULTIMOS Y SORPRENDENTES DESCUBRIMIENTOS SOBRE LA ATLÁNTIDA
Seguramente, el mito que más intensamente ha pervivido a lo largo de siglos y milenios es el que se refiere a la Atlántida, cuna de toda civilización, que fue tragada por las aguas nadie sabe cuándo ni dónde.
Ahora, recientes revisiones de documentos antiguos y nuevas investigaciones nos sitúan en el trance de aventurar que tal vez no se trate de un mito, sino de una realidad capaz de cambiar el concepto que tenemos de la Historia.
Desde que Platón se refiriera al “continente perdido” en sus diálogos Critias y Timeo, la Atlántida atrapó a los investigadores y curiosos del pasado en la fascinación de su enigma. Entre el mito y la leyenda, su realidad ha dejado huellas en lugares muy distantes del planeta, y recuerdos legendarios en todas las civilizaciones.
Su mítico rastro marca caminos, a través de la Historia, que se dirigen hacia las costas y al fondo del océano Atlántico, caminos que tal vez cono¬cieron los sacerdotes egipcios y “pistacos”, como se revela al romper las densas nieblas que envuel¬ven sus cultos ancestrales; caminos que pertenecen a las sendas rectas de los grandes iniciados que levantaron los vestigios megalíticos, las pirámides y las enigmáticas esferas, ya que todos ellos encierran y custodian las claves secretas y el lenguaje del antiguo conocimiento perdido.
Sin duda, los megalitos constituyen uno de los enigmas más desafiantes del pasado. Algunos investigadores opinan que posiblemente fueron erigidos por los supervivientes de la Atlántida. Y, desde luego, el interrogante no deja de ser complejo, porque si no fueron los atlantes, ¿quiénes los erigieron? No importa conocer la respuesta con exactitud; pero sí es importante reconocer que sus constructores poseían unos conocimientos científicos sumamente avanzados. A este respecto, Alexander Thom, profesor de Ingeniería en Oxford, comprobó que, efectivamente, en los conjuntos megalíticos, las grandes piedras estaban alineadas astronómicamente con asombrosa precisión. Fruto de sus estudios fue también el descubrimiento de la que él denominó “yarda megalítica” de 83 centímetros de longitud. Ello demuestra que los constructores de estos monumentos protohistóricos poseían también altos conocimientos de matemáticas.
Sin embargo, lo más extraordinario de este tipo de construcciones es que todos los megalitos que las conforman suponen y revelan el ejercicio de una energía poderosísima, que podríamos comparar a nuestra quinta fuerza. Los megalitos son catalizadores controladores transmisores de esta energía desconocida; distribuidos sin excepción en las líneas de fuerza cosmotelúrica, están orientados en relación a ciertas estrellas, el Sol o la Luna, manifestando en cada caso un poder y una finalidad diferentes, dependiendo ello del astro a que se refieran y de sus propias características estructurales. En algunos casos seguían la línea equinoccial, señalando las entradas y salidas de los solsticios y muy especialmente el pronóstico de los eclipses lunares, así como las revoluciones magnéticas de las manchas solares.
Pero, ¿cómo pudieron ser trasladados esos enormes bloques de piedra desde canteras que se hallaban, en muchos casos, a gran distancia, incluso a decenas de kilómetros? Tal vez emplearon la misteriosa energía a la que antes nos hemos referido. Algunos datos hay que podrían confirmarlo; por ejemplo, en los escritos “coptos” se lee que las piedras de la Gran Pirámide fueron elevadas mediante cantos frecuencias de sonido y varas vibratorias.
Como es lógico, los científicos no aceptan esta posibilidad, porque ello supondria un nuevo enfoque de la Historia. Y, sin embargo, los herederos del antiguo conocimiento poseían algunas de aquellas varas o bastones de poder: con ellas, y con unos míticos transductores que eran conocidos como “huevos de serpiente”, lograban controlar esa fuerza poderosa e inagotable a través de los megalitos, seguramente con ayuda de la cualidad conductora del cuarzo; de ahí el interés especial por determinadas canteras. La energía así obtenida y controlada hacía más fértiles los campos, más propicio el clima y más estable el equilibrio ecológico y telúrico, evitándose a la vez posibles desastres capaces de alterar las condiciones de vida del planeta.

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Sacerdotes egipcios y “pistacos” supieron de la Atlántida
César Luis de Montalbán, explorador y viajero incansable el Livingston español, como alguien lo ha llamado , profundizó como pocos en la historia y leyendas de Asia y América, así como en los conocimientos más secretos de sus sacerdotes y magos. Producto de todo ello fue su convencimiento absoluto acerca de la existencia del mítico continente.
Durante uno de sus viajes a Egipto, Montalbán convivió con sacerdotes del alto Nilo, quienes le confesaron ser descendientes de los atlantes, ya que éstos llevaron a Egipto todos los conocimientos y logros de su civilización. Por cierto, tal afirmación coincide con el texto de un rollo de papiro que se conserva en el Museo de San Petersburgo, escrito durante el reinado del faraón Sent, de la II dinastía, donde se explican las investigaciones ordenadas por el monarca y llevadas a cabo por una expedición en busca de la Atlántida, por considerarla la tierra de sus antepasados.
Jesús de Nazaret, dios de los atlantes
En otra ocasión, encontrándose en los Andes Orientales, Montalbán entró en contacto con el más alto sacerdote de aquellos territorios, ¡el “Pistaco”, perteneciente a una dinastía inmemorial que aún conservaba la historia de su estirpe y las más ocultas tradiciones de su pueblo.
El ”Pistaco” reconoció a Jesús como el dios de los atlantes
El enigmático personaje, al escuchar del viajero una alusión a Jesús, replicó: “Es mi dios; el dios de mis padres encarnado en el culto atlante de los habitantes del templo transparente”.
Profundamente impresionado Montalbán por las palabras del “pistaco” insistió para que le contase cuanto supiera de la Atlántida; pero en aquel momento fue inútil, pues el sacerdote se encerró en el mutismo total que tan bien saben guardar los indios.
Hubo de transcurrir mucho tiempo hasta que, con ocasión de encontrarse ambos a la vista de La Guaria (puerto de Venezuela), sin solicitarlo pregunta alguna, el “pistaco” dijo con tristeza, mirando las olas espumosas del Atlántico: “Estas aguas cubren la sepultura de mis mayores, que vivieron en la hundida tierra, la que está en el fondo del mar. Sus habitantes fueron muy felices al principio; eran justos y sus ciencias alcanzaron un progreso grande, pero luego llegaron el vicio y la maldad. Entonces, un día, la tierra osciló, los picos fueron cubiertos por penachos de fuego y el mar furioso dejó sepultada para siempre la Atlántida, la tierra de las artes y las ciencias, de las grandes ciudades con pirámides y obeliscos, de los bellos templos transparentes de Io, la tierra de los sabios que conocieron la verdad única”.
Felipe II compartió el secreto
No fue César Luis de Montalbán el primero en obtener en América testimonios del continente sumergido: ya Orellana, en el curso de sus conquistas y descubrimientos en tierras de Venezuela, contempló en manos de los aborígenes unos mapas donde aparecía, perfectamente situado, el continente de la Atlántida, de donde aseguraron provenir.
Por otra parte, en la “Historia Universal” de Dextro, libro famoso entre todos los libros perdidos, prohibidos y condenados, que pocos tuvieron el privilegio de leer, se encontraba al parecer la relación completa de todos los monarcas atlantes que hubo en España, quienes dieron pobladores a Irlanda, Escocia, Inglaterra y América, los mismos que enviaron colonias a Asia y poseyeron parte de África, proporcionando también reyes a los celtas y troyanos. España, en definitiva, aparecía en aquellos tiempos corno la cabeza de todo Occidente. Desgraciadamente, esta joya bibliográfica desapareció misteriosamente, siendo sustituida por la más conveniente “Historia” de Flavio Lucio, la cual, desde entonces, se tuvo por la auténtica historia de Dextro.
Don Benito Arias Montano, políglota y heterodoxo extremeño, maestro y sabio, fue uno de los pocos privilegiados que tuvo en sus manos la obra; y no sólo éste, sino también otro libro de similar contenido e igualmente prohibido y condenado: “El Cronicón” de Pedro Orador, de Zaragoza. Arias Montano hizo participe de su sorpresa y emoción a Felipe II, y éste le encargó escribir para la naciente biblioteca de El Escorial unos pliegos sobre ambas obras, así como un epítome de los reyes hispano atlantes, lo cual resulta tan significativo como revelador. Una copia de estos escritos fue llevada por Montano a su “Peña”, sumándose así a los muchos secretos que el gran maestro dejó sepultados para siempre en su querida y enigmática Peña de Alájar.
Huellas atlantes en Extremadura
También dejó constancia de la realidad de la Atlántida otro ilustre extremeño, astrónomo, escritor y heterodoxo, por supuesto: Mario Roso de Luna.
Destacaremos unos comentarios que realizó tras estudiar el códice “CORTESIANO” (en el cual descubriría la clave del sistema maya de numeración por puntos y barras, así como el signo que representaba al cero): “En el curso de nuestras investigaciones en los códices afirma el escritor extremeño , nos vamos viendo sorprendidos por numerosísimas conexiones prehistóricas entre el nuevo y el viejo mundo, que elevan la hipótesis del continente conector de la sumergida Atlántida a un grado de probabilidad que raya en la certeza absoluta”.
En 1904, Roso de Luna publicó un primer estudio sobre la escritura ógmica en Extremadura, defendiendo la hipótesis de la existencia de atlantes en esta tierra. En sus páginas aparecieron también algunas fotografías de extraños caracteres, un buen número de los cuales tenía forma de cazuelas, lo que indujo a Roso a referirse a “una escritura de cazoletas”, asegurando que la misma correspondía a un enigmático pueblo de astrónomos muy anterior a iberos y celtas, un pueblo misterioso que, según las deducciones de Roso, sólo podía provenir de la legendaria Atlántida.
Los atlantes y las vírgenes negras
Para la mayoría de los investigadores de la realidad de la Atlántida, Canarias es la única porción de tierra que se salvó del terrible cataclismo. Muchos son los indicios que así parecen demostrarlo; entre los más recientes se hallan las estructuras piramidales de El Paso, Icod y Güimar, muy similares a las de México, que se cree pueden ser huecas y estar surcadas por pasadizos. Y resulta además significativo que la piedra empleada para su construcción sea lava volcánica, de la que sólo los iniciados conocen sus poderes secretos.
Es en Güimar donde de manera muy especial las pirámides adquieren todo su relieve. Este enclave mágico está repleto de misterio y de secretas revelaciones, tras las que llegaron sin duda los templarios y muchos seguidores del rastro de la Atlántida. Un secreto cuyas claves pueden estar en la enigmática virgen negra de la Candelaria y en sus cuevas, en una de las cuales en 1910 unos obreros que estaban abriendo una galería de agua encontraron unas escaleras por las que ascendieron unos hombres vestidos con túnicas blancas. Los operarios, atemorizados, denunciaron el suceso a las autoridades.
Schliemann en Troya:
pruebas de la Atlántida Uno de los testimonios más importantes acerca de la existencia de la Atlántida se debe a Heinrich Schliemann, el célebre arqueólogo des¬cubridor de Troya. Por cierto, precisamente hasta ese momento, esa ciudad estaba considerada sim¬plemente como un mito: en su existencia real no creía nadie.
Un nieto de Heinrich, Paul Schliemann, publicó un artículo que causó escándalo en los medios científicos e intelectuales de la época; y no era para menos. Su mismo título “Cómo encontré la perdida Atlántida, fuente de toda civilización” era ya suficiente para alborotar a los arqueólogos. Contaba el autor del mismo que días antes de morir su abuelo en Nápoles, en 1890, dejó un sobre lacrado con la siguiente inscripción: “Este sobre sólo podrá ser abierto por un miembro de mi familia que jure dedicar su vida a las investiga¬ciones que están bosquejadas y contenidas en él. Y en una nota confidencial añadida al sobre lacrado agregaba: “Rómpase el recipiente con cabeza de lechuza. Examínese el contenido. Concierne a la Atlántida. Háganse investigaciones en el este de las ruinas del templo de Sais y el cementerio del valle Chacuna”.
El doctor Paul Schliemann efectuó en 1906 el juramento requerido y rompió los sellos, encontrando en el interior del sobre varias fotografías y documentos. En uno de ellos leyó: “He llegado a la conclusión de que la Atlántida no era meramente un gran territorio entre América y las costas occidentales de África y Europa, sino también la cuna de nuestra civilización. En las compilaciones adjuntas se encontrarán las notas y explicaciones, las pruebas que de este asunto existen en mi mente”.
Un mensaje en el jarrón con cabeza de lechuza
“Cuando en 1873 hice las excavaciones en Troya relató Heinrich Schliemann en uno de sus escritos y descubrí en la segunda ciudad el famoso “tesoro de Príamo”, encontré en él un hermoso jarrón con cabeza de lechuza y de gran tamaño. Dentro se hallaban algunas piezas de alfarería, imágenes pequeñas de metal y objetos de hueso fosilizado. Algunos de estos objetos y el jarrón de bronce tenían grabada una frase en caracteres jeroglíficos fenicios, que decía: “Del rey Cronos de La Atlántida”.
“El que esto lea prosigue el escrito de Schliemann podrá imaginar mi emoción. Era la primera evidencia material de que existía el gran continente cuyas leyendas han perdurado por todo el mundo. Guardé en secreto este objeto, ansioso de hacerlo la base de investigaciones que creía serían de mayor importancia que el descubrimiento de cien Troyas. Pero debía terminar primero el trabajo que había emprendido, pues tenía la confianza de hallar otros objetos que procedieran directamente del perdido continente. Fui recompensado por mi fe, como puede verse en el documento marcado con la letra B.”
Los jarrones atlantes de Schliemann
“En 1883, encontré en el Louvre una colección de objetos desenterrados en Tiahuanaco; y entre ellos descubrí piezas de alfarería exactamente de la misma forma y material, y objetos de hueso fosilizado idénticos a los que yo había encontrado en el jarrón de bronce del Tesoro de Priamo.
“Está fuera del rango de las coincidencias continuamos el escrito de Schliemann que dos artistas hicieran dos jarrones, y sólo menciono uno de los objetos exactamente iguales, del mismo tamaño y con las curiosas cabezas de lechuza colocadas en idéntica forma.
“Conseguí algunos de estos objetos de Tiahuanaco y los sometí a análisis químicos microscópicos. Estos demostraron, concluyentemente, que los jarrones americanos, al igual que los troyanos, habían sido hechos con la misma arcilla peculiar; y supe más tarde que esta arcilla no existe ni en la antigua Fenicia ni en América. Analicé los objetos de metal, y éste no se parecía a ninguno de los que había visto. El análisis químico demostró que estaba hecho de platino, aluminio y cobre: una combinación que nunca se había encontrado en los restos de las antiguas ciudades. Los objetos no son fenicios, micénicos ni americanos. La conclusión es que llegaron a ambos lugares desde un centro común. La inscripción grabada en mis diálogos indicaba ese centro: ¡La Atlántida!
“Una inscripción que desenterré cerca de la Puerta de los Leones, en Micenas, dice que Misor, de quien descendían los egipcios, era el hijo de Thot, y que Taavi era el hijo emigrado de un sacerdote de la Atlántida, quien habiéndose enamorado de la hija de Cronos, escapó y desembarcó en Egipto tras muchas aventuras, construyó el primer templo de Sais y enseñó la sabiduría de su tierra. Toda esta inscripción es muy importante y la he mantenido en secreto”.
Al romper el doctor Paul Schliemann uno de los enigmáticos jarrones, encontró en su interior otra de las monedas de esa extraña aleación, en la cual estaban grabadas, en fenicio antiguo, las siguientes palabras: EMITIDO EN EL TEMPLO DE LAS PAREDES TRANSPARENTES”.
Siguiendo las indicaciones de mi abuelo, resume Paul Schliemann sus investigaciones , he trabajado durante seis años en Egipto, África y América, donde he comprobado la existencia de la Atlántida. He descubierto este gran continente y el hecho de que de él surgieron, sin duda, todas las civilizaciones de los tiempos prehistóricos”.
Tal vez haya que tachar de pretencioso a Paul Schliemann. En cualquier caso, en este punto del relato las noticias sobre sus descubrimientos se pierden; y con ellas, una vez más, las esperanzas de encontrar, por fin, la añorada Atlántida.
El Estado español buscó la Atlántida Existe un curioso e interesantísimo documento, un libro titulado “Acción de España en África”, avalado por el prestigio y seriedad del Estado Mayor, que reconoce extensas aportaciones geológicas acerca del continente perdido.
Perteneció al Teniente General y jefe del Estado Mayor, Sánchez de Ocaña. Se trata de uno de los cuatro únicos ejemplares de que constó la edición, lo cual hace suponer que su contenido fue considerado prácticamente secreto, todos destinados exclusivamente a altos mandos del Ejército español. En sus páginas, basándose en concomitancias de la fauna, la flora y la geología entre España y Marruecos, se admite la existencia de la Atlántida. La hija de Sánchez Ocaña nos ha permitido extraer de él algunos datos, muy reveladores, hasta ahora inéditos. El volumen, encuadernado con primor en piel de Rusia, fue impreso en 1935, en los talleres del Ministerio de la Guerra, y su realización corrió a cargo de la Comisión Histórica de las Campañas de Marruecos.
Especialmente interesante es el capítulo primero, que trata de la Península y el norte de África en la Era Terciaria y de las comunicaciones entre el Mediterráneo y el Atlántico.
La deducción de los autores es que España formaba parte de un continente terciario unido a África por el istmo que hoy ocupa el estrecho de Gibraltar, encerrando una vasta cuenca, la del actual Mediterráneo, que, prolongándose hacia el noroeste, según muchos geólogos por territorios ahora sumergidos, llegaba a unirse con América del Norte. Avalan esta sorprendente conclusión las huellas que sobre la superficie de España y Marruecos dejaron dos importantes estrechos: el norbético, abierto en los tiempos eocenos por el actual valle del Guadalquivir, que establecía una comunicación entre ambos mares más amplia que la posterior de Gibraltar, y el sur Rifeño, por las cuencas de Sebú y sus afluentes, el Varga, el Inaven y el Muluya inferior.
En el capítulo titulado “Hundimiento del istmo entre Europa y África: La cuestión de la Atlántida” se informa más ampliamente sobre el continente perdido, explicando que, unidas todavía las cadenas montañosas Bética y Rifeña, al fin del Plioceno de la Era Terciaria según los geólogos , violentas conmociones sísmicas provocaron el hundimiento del istmo montañoso que las unía, separando los continentes y dejando abierta una nueva comunicación entre los dos mares. “Supónese leemos en el libro por muchos geólogos que a consecuencia del mismo cataclismo desapareció también una gran isla o continente conocido con el nombre de la Atlántida.”
En el mismo capítulo se incluyen referencias más o menos veladas a la Atlántida, debidas a diversos autores antiguos, y se cita como “de cierto interés” al escritor griego Marulo, quien, hablando de las Siete Islas (Canarias), afirma que sus habitantes conservan el recuerdo de otra mayor, la Atlántida, cuyo dominio se había extendido mucho por las tierras del océano Atlántico. Y citan también a Theopompo, contemporáneo de Platón, quien refiere que diez millones de hombres, habitantes de un inmenso continente situado más allá del Atlántico, vinieron a Europa y se extendieron por las comarcas que ocupan las razas célticas. Por último, se informa también en el mismo capítulo de “Acción de España en África” que, al parecer, ciertas leyendas haitianas y mexicanas recuerdan un cataclismo similar al hundimiento de la Atlántida. Entre el Viejo y el Nuevo Mundo
Se menciona también en el informe redactado por el Estado Mayor del Ejército español que algunos datos de los incluidos en él no concuerdan con los que proporcionó Platón.
Y, centrando la atención de manera concreta en el Nuevo Mundo, se recoge el hecho de que doce caribes refirieron a los españoles, en los tiempos de la Ocupación, que todas las Antillas habían formado en épocas remotas otro conti¬nente, pero que fueron súbitamente separadas por la acción de las aguas. El recuerdo de este cata¬clismo perduró entre los aborígenes de América Central y el Norte hasta Canadá.
Siguiendo con las relaciones establecidas entre las tierras a ambos lados del Atlántico, el informe relata cómo, en 1898, durante la explora¬ción de la meseta de las Azores, intentando reco¬ger un cable roto con unas grapas, éstas se engan¬chaban en rocas de puntas muy duras y se rompían o torcían. Entre las grapas se hallaban pequeñas esquirlas minerales que presentaban el aspecto de haberse roto recientemente. Todas, según Termier, pertenecían al mismo tipo de roca, una lava vidriosa llamada “traquitas” de composi¬ción similar a los basaltos, pero cuyo estado vidrioso sólo puede producirse al aire libre. El mismo Termier deduce que, a unos 900 kilómetros de las Azores, la tierra que constituye el fondo del Atlántico fue convertida en lava cuando se encon¬traba todavía sumergida, derrumbándose hasta los 3.000 metros, donde hoy se encuentra.
Las rudas asperezas y aristas vivas de las rocas demuestran que el hundimiento fue muy rápido, pues, en caso contrario, la erosión atmosférica y la abrasión marina habrían nivelado las desigualda¬des de la superficie.
No es posible, por su extensión, insistir en los interesantísimos datos geológicos que recoge el valioso informe; pero resulta obligado reproducir textualmente la opinión del ilustre profesor Hernández Pacheco: “La presencia de conglomerados y depósitos cuaternarios que en las costas de Cádiz estudió Macpherson, y otros descubrimientos posteriores, hacen pensar en la posibilidad de que en épocas recientes, ya humanas, puedan haberse realizado intensos fenómenos tectónicos en el litoral, con sumersión de antiguas tierras emergidas. La vieja leyenda de la Atlántida se vuelve a presentar ante el espíritu con todo el obsesionante y misterioso enigma que la rodea.”
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