(Buenos Aires) Su madre, alarmada, llamo a los doctores para que revisaran el estado de la joven. La conclusión fue demoledora: Rufina Cambaceres había muerto. Sólo tenía 19 años.
Esa misma noche su ataúd fue depositado en la cripta familiar del Cementerio de la Recoleta, junto a los restos de su padre.
Unos días después se descubrió que el féretro estaba derribado. Temiendo que alguien hubiera robado las joyas que lo cubrían, el cuerpo fue retirado de la tumba. Con horror, los presentes pudieron ver los arañazos que la propia Rufina, presa del pánico, había marcado sobre su cara y las paredes del ataúd al despertar en su propia tumba, para luego morir asfixiada.

Había sido víctima de un ataque de catalepsia, enfermedad que apaga todos los signos vitales. La medicina de la época no supo diferenciar ese estado del de la muerte, condenando a la señorita Cambaceres a un entierro en vida.
Después de la tragedia, fue erigido el magnífico monumento que señala la tumba de la joven, obra del alemán Richard. Representa a Rufina frente a la puerta de su cripta, tomando el picaporte como si pudiera salir. Como hubiera querida esa fatídica noche. 

La leyenda cuenta que mientras se cambiaba para ir a un concierto, una amiga le dijo: “Debo confesarte algo. Es que ya no puedo esconderlo más: tu novio es también el amante de tu madre”. Quién fue el caballero que rompió su corazón?. El único presidente soltero que tuvo la Argentina: Hipólito Yrigoyen, quien después de un tiempo tuvo un hijo con la viuda de Cambaceres.
Siguiendo con esta temática, nada mejor que el terror de Alfredo Gath, uno de los dueños de la famosa tienda Gath & Chaves. Obsesionado por la catalepsia, se preparó para lo peor con un féretro cuyo mecanismo podía abrirse desde adentro y activaba una campana externa para avisar de la buena nueva. Lo probó varias veces hasta que, el día en que finalmente murió, no se produjo el esperado despertar.

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