El ser humano es un ser con proyección de eternidad y vida permanente. Es por ello que debe alimentarse con vida, con elementos saludables, de buen aspecto, olor y sabor. No debe alimentarse de muerte, por medio de seres muertos.

 
Dios Yaveh no creó a los seres humanos con una fecha de caducidad, sino que los creó para que vivieran por siempre, en un entorno sano y natural, rebosante de vida, belleza, armonía y plenitud. Porque la primera ley del Universo es el Amor.
El ser humano no es un producto de la casualidad ni de una supuesta lotería cósmica, ni es una variante desconocida de chimpancé. El ser humano es un “homo eternus”, un ser concebido para vivir por siempre.
En La Biblia, ya desde el principio de las Escrituras, en el libro del Génesis, se muestra el medio ambiente y el hábitat idóneo para el que fué diseñado el ser humano.
El capítulo 2 de Génesis sitúa al hombre en el huerto de Edén:
“Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Tomo, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.” 
Dios no mandó al hombre que se dedicara a perseguir y a aterrorizar a los animales ni que les produjese daño ni sangre, ni que los comiese. Sino al contrario, Dios puso al hombre en el huerto de Edén para que lo cuidara, se entiende que tanto al entorno vegetal como a los animales. Había, pues una total armonía y vida plena sin fín dentro del llamado Jardín de Edén.

¿Se imagina alguien a Adán y Eva persiguiendo a los animales del huerto del Edén, derramando sangre y comiéndose a las criaturas de Dios?
El tema de la alimentación del ser humano ya queda resuelto desde el momento en que el texto bíblico dice que Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer.
“Carne con su vida, que es su sangre, no comeréis” (Génesis cap 9, vers 4)


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Si el ser humano ha sido diseñado por Dios para que funcione con un determinado combustible, entonces nosotros no debemos cambiarlo por otro combustible diferente que no esté concebido para el consumo humano.
“Nada abominable comerás” Deuteronomio cap 14, vers 3. “Ninguna cosa mortecina comeréis”. Deuteronomio cap 14, vers 21.
Un sabio consejo nos dá el Rey Salomón en Proverbios cap 23 vers 20: ”No estés con los borrachos de vino, ni con los que se deleitan comiendo carne”
En el libro bíblico de Romanos, capítulo 14, versículo 21, se dice:“Bueno es no comer carne”.
Hay muchos más textos similares en la Biblia, pero, ¿Será todo una casualidad o una interpretación intencionada de las palabras? Desde luego que no, teniendo en cuenta que la casualidad no existe.
Obsérvese el detalle de que en el huerto de Edén había un árbol de la vida, pero no había ningún árbol que se llamara “árbol de la muerte”.
“Porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos” (Lucas cap 20 vers 38).
El 6º mandamiento, en Exodo cap 20 vers 13, dice: “No matarás”.
El hombre no es un ser que haya sido concebido como homicida, ni para su misma especie ni para ninguna otra. El mandamiento no especifica que no se mate personas pero sí animales, sino que es radical, no hace distinción ninguna y al ser humano le es prohibido el matar, en concepto amplio y genérico, a ninguna criatura del Creador.
Por último, el profeta Daniel dá una lección magistral de vegetarianismo en el capítulo 1 del libro de Daniel. Tanto Daniel como sus compañeros hebreos tienen un aspecto más saludable que los jóvenes que se educan en la Corte del Rey Nabucodonosor, porque se alimentan de legumbres y agua.
Ser vegetariano no es para gente “colgada” de la Nueva Era ni para amantes de la cultura oriental, ni para modas ocultistas. Ser vegetariano es para el ser humano equilibrado, que está en armonía con Dios y con la naturaleza, porque es un ser con sentido de la transcendencia y proyección de eternidad.


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