El infante infanticida

La historia del “Petiso orejudo” es una de las más escalofriantes que puedan encontrarse dentro de la criminología moderna. Este muchacho argentino, llamado Cayetano Santos Godino, comenzó su carrera criminal con tan solo 7 años de edad, escogiendo a otros niños como sus víctimas. Godino, quien además era pirómano, tuvo en vilo a toda la población de Buenos Aires de principios del siglo XX. La estremecedora vida del Pequeño orejudo, el niño asesino, ha sido llevada a la gran pantalla de mano del director madrileño Jorge Algora, bajo el titulo “El niño de barro”.

La historia de Cayetano Santos Godino coincide completamente con la de muchos otros asesinos en serie adultos y, como suele suceder, comienza con una infancia tortuosa. Hijo de inmigrantes calabreses, este muchachito nacido en 1896, en la ciudad de Buenos Aires, tenía siete hermanos y un padre alcohólico y maltratador. Fiore Godino, su progenitor, había contraído sífilis incluso antes de que naciera Cayetano, lo que le trajo al niño graves problemas de salud. Incluso podría decirse que ya desde pequeño el “Petiso orejudo” conoció la muerte de cerca, a causa de las enfermedades que le afectaban.

Godino se crió en la ley de la calle. Las reglas de una ciudad repleta de inmigrantes en ese principio de siglo XX y que todavía estaba muy lejos de ser lo que sería tiempo después. De hecho Almagro y Parque Patricios, hoy dos sectores plenamente integrados en la capital argentina, eran zonas linderas y con descampado. Esos barrios serían el epicentro de las andanzas de este niño, al que muchos no dudarían en calificar como un verdadero monstruo.
Cayetano desde los cinco años comienza a recibir educación formal en diversos centros escolares. Pero la falta de interés en el estudio y su comportamiento violento e indisciplinado hacen que Godino vaya de un colegio a otro con rumbo errante. Su hábitat natural eran las calles y descampados. Le encantaba matar gatitos y observar como agonizaban. También sentía adoración por el fuego. Estaba claro que el “Petiso orejudo” no era un niño normal y corriente. En absoluto.

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JUGANDO A SER UN ASESINO
Tenía tan solo 7 años cuando cometió su primer acto violento hacia una persona. La edad en la que un chico debería estar más preocupado por sus juegos y fantasías propias de la niñez. Pero a Cayetano, le atraían otras cosas. 

A pesar de su aspecto flacucho, sus orejas prominentes y su baja estatura, Godino tenía un gran poder de atracción sobre los menores. Los invitaba a sus juegos, les ofrecía caramelos y así lograba llevarlos a zonas donde nadie pudiera ver lo que pretendía hacer con ellos.

Miguel de Paoli

La primera de sus víctimas, aunque tuvo la suerte de que nada grave le sucediera, fue Miguel de Paoli, un niño de casi dos años, que fue golpeado por el “Petiso” y después arrojado sobre una zanja llena de espinos. Un agente que circulaba por la zona se percató de lo ocurrido y llevó a los niños a la comisaría, donde fueron recogidos por sus madres unas horas más tarde.
Un año más tarde, sería el turno de Ana Neri, una vecina suya que apenas tenía 18 meses de edad. 

También tuvo fortuna la pequeña Anita, ya que los golpes que Cayetano le infringió con una piedra no llegaron a matarla gracias a la intervención de un policía que advirtió lo que sucedía y puso fin al asunto. Godino salió de prisión esa misma noche por su corta edad.


Ya para aquel entonces se había iniciado en la delincuencia menor junto a su amigo Alfredo Tersi y su padre había descubierto una gran cantidad de pájaros muertos que el “Petiso” guardaba debajo de su cama. Su primera víctima mortal estaba al caer.

Ana Neri

Aunque nadie se enteraría hasta tiempo después. Una niña de 18 meses de edad, era golpeada y luego enterrada viva por Cayetano, quien cubrió la fosa con latas y otros desperdicios. Este hecho había ocurrido en 1906, cuando Godino ya contaba con 10 años de edad. La muchacha fallecida, presumiblemente, sería María Rosa Face, sobre quien se había efectuado la denuncia de desaparición y jamás había regresado. En el terreno baldío donde el “Petiso” adujo enterrarla se construyó un edificio de dos plantas. Así es que nunca pudo corroborarse la confesión del niño criminal.

Para ese entonces, Cayetano Santos Godino parecía ser una persona irredimible. Tenía 10 años de edad, se había convertido en un masturbador compulsivo y en un auténtico irreverente. Sus padres no sabían que hacer con él, fue el mismo Fiore Godino quien lo denunció ante las autoridades. Cayetano pasó dos meses tras las rejas, para volver a su vida habitual: la de la vagancia y el morbo. Después de agredir a Severino González Caló (a quien intentó ahogar) y a Julio Botte (le quemó los párpados con un cigarrillo), nuevamente sus progenitores lo entregan ante las autoridades.


LA LEY DE LA CALLE

Era 1908 y ese Cayetano de 12 años de edad fue enviado a pasar sus días en la Colonia para menores de Marcos Paz. Se sabe el efecto que suele causar una estancia en prisión para cualquier recluso. Lejos de rehabilitarlo y reinsertarlo en sociedad, aunque aprendió allí a leer y escribir, los duros días de reclusión lo devolvieron a las calles mucho más endurecido, frío y, por supuesto, ávido de crímenes. Tres años pasó allí y salió hecho todo un adolescente, pero un adolescente que había vivido cosas que otros no.

Cayetano se hacía fuerte en las calles. Deja de transitar los lugares por donde andaba siempre y se dirige hacia las zonas más lúgubres de la ciudad.


Allí empieza a consumir alcohol y a inmiscuirse en cuestiones no del todo santas. Sus padres consiguen que trabaje en una fábrica, pero tan sólo dura tres meses en su puesto. Estaba claro que su carrera se encontraba en otro sitio.

Severino Gonzalez Calo

Su próxima víctima mortal sería Arturo Laurora, un joven de 13 años, quien apareció brutalmente golpeado, semidesnudo y con un cordel en su cuello estrangulándolo. Algunos días antes, el 17 de enero de 1912, Godino había prendido fuego una bodega de la calle Corrientes.

Cuando fue detenido, sus palabras fueron claras y no mostraban ningún tipo de remordimientos: “me gusta ver trabajar a los bomberos. Es lindo ver como caen en el fuego”.
Estos hechos no serían sino la confirmación de lo que vendría luego: un sinfín de agresiones y crímenes de todo tipo. Primero prendió fuego a Reina Vaínicoff arrimando una cerilla a su vestido de percal. La niña de cinco años falleció poco después. También, demostrando su amor por el fuego, causó tres incendios más que pudieron ser controlados, incluyendo una estación de trenes. Los animales se encontraban asimismo bajo su “jurisdicción”. Por esto, mató a puñaladas a la yegua de su patrón Paulino Gómez, cuando se encontraba trabajando en una bodega.

Julio Botte

Algunos niños tuvieron mejor fortuna que otros. Así fue como milagrosamente se salvaron Roberto Russo, de 2 años de edad, Carmelo Gittone, de 3 y Catalina Naulener, de 5. Todos ellos fueron golpeados y seducidos previamente por el “Petiso orejudo” (ese nombre ya era común para hacer referencia a él en los círculos por los que se movía). De todos modos, o algún agente del orden o una persona que casualmente vio lo que estaba sucediendo, pudo impedir un desenlace mucho más trágico. Pero Cayetano Santos Godino se tenía reservado un último crimen. Tal vez el más nefasto de todos.


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Arturo Laurona

UN CLAVO EN LA SIEN

Era la mañana del 3 de diciembre de 1912 y Cayetano salía de su casa como lo hacía siempre, a vagabundear un rato. También Jesualdo Giordano, un niño de 3 años, se dirigía a jugar con sus amigos del barrio. Y tuvo la mala suerte de que su destino y el de Godino se cruzaron. El “Petiso” se sumó a los chicos, que no pusieron reparos. Al fin y al cabo, siempre se llevó bien con ellos. Un poco por su aspecto de idiota y otro poco porque sabía seducirlos. Jesualdo por medio de caramelos cayó en su juego.

Reyna Bonilla


Roberto Russo
Jesualdo caminó con Cayetano hasta la Quinta Moreno, un lugar alejado donde el “Petiso orejudo” haría de las suyas por última vez. Allí lo arrinconó, lo golpeó y, quitándose la cuerda que llevaba por cinturón, lo ahorcó. Pero como el chico no moría, lo ató de pies y manos y salió en busca de un elemento más contundente. En la búsqueda, se topó con el padre de Jesualdo y hasta tuvo el tino de decirle que fuera a la comisaría a hacer una denuncia por su desaparición.

El elemento que empleó Godino para acabar con el niño Jesualdo fue un clavo de cuatro pulgadas, que enterró en la sien de la criatura. Luego cubrió el cuerpo con una chapa y se dio a la fuga. Incluso tuvo el atrevimiento de pasar por el velatorio del niño. Dicen que aún quería ver si tenía el clavo enterrado en la sien.

Dos agentes de policía, Peire y Bassetti, ya habían unido acertadamente las pistas de todos los crímenes y fechorías. No quedaban dudas de que se trataba de Cayetano Santos Godino, ese adolescente repleto de perversión y totalmente reacio a respetar las leyes y normas establecidas. Un registro en la casa de los Godino arrojaría rápidos resultados: restos de la cuerda que utilizó para estrangular a Jesualdo Giordano y un recorte del periódico La Prensa que relataba los detalles del crimen llevaron las sospechas al terreno de las certezas. Godino confesó sus crímenes y, en un primer momento, fue llevado a un Hospital de Salud Mental.

Carmen Ghittoni

Es que creían que era un disminuido psíquico y que no tenía consciencia de sus actos. Pero allí trató de matar a un inválido postrado en una cama y a una persona que paseaba en sillas de ruedas.Los años finales de Cayetano Santos Godino transcurrieron en la cárcel del Ushuaia –la ciudad más austral del mundo-, conocida como “la prisión del fin del mundo”. Un durísimo correccional, donde estaban recluidos los delincuentes más peligrosos y que, para establecer una similitud, era equivalente a las prisiones rusas de Siberia o el San Quintín estadounidense.

“Es un imbécil o un degenerado hereditario, perverso instintivo, extremadamente peligroso para quienes lo rodean”, afirmó tajantemente el informe psiquiátrico, cuando Godino pidió por su libertad en 1936. Finalmente Cayetano falleció en 1944, víctima de una hemorragia interna. Se supone que fue producto de las continuas palizas y vejaciones sexuales que recibía por parte de los otros reclusos. Un final alejado, cruento, correspondiente con lo que fue la vida de un niño extraño, con aspecto de idiota y que sentía un enorme placer por hacer lo que la sociedad condena.






Por Carlos Cabezas López

Fuentes:

http://www.casoabierto.com

http://www.petisorejudo.com.ar

http://www.petisoorejudo.blogspot.com

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