Se dice de ella, que llora todas las noches. Que su llanto silencioso es tremendamente triste y siniestro. 

Él pasaba las noches escribiendo cualquier cosa que a su mente le viniese. Desde poemas, hasta canciones, pasando por refranes, frases sueltas y redacciones que describían el momento. Él decía, que lo que sus ojos veían, su mente lo captaba y sus manos dejaban fluir el sentimiento. 

Todas las noches, a lo lejos, se le distinguía perfectamente. Se sentaba en su mesa, al lado de la ventana por la cual entraba la luz de la luna, alumbrando sus folios. Se sentía solo y poco querido. Pues no se tenía autoestima. No se valoraba y la soledad podía con él poco a poco. Tal llego el punto, que ni comía, ni salía. Sólo escribía por las noches buscando inspiración en el rostro de la luna y soñando ser querido. 

Su último escrito fue el más extraño.

- Cuando el sol se marcha, la luna me hace compañía. Aparece para iluminarme. Nunca antes vi tal belleza, tengo a la luna como musa y paso las noches escribiéndole. Se que me hace compañía, pero me siento solo. Demasiado solo. Vivo rodeado de libros y de hojas que escribo. Soñaba con ser escritor, y logré serlo. Pero no pensé jamás que moriría en soledad. Pero esta noche, esta noche ha sido diferente.

Oí una voz femenina muy dulce y suave que parecía provenir de fuera de mi ventana. Nunca antes me había dejado llevar fuese cual fuese el ruido que escuchara afuera. 

La voz, parecía cada vez mas cerca. Y cada vez mas, y mas. Tanto, que decidí abrir la ventana y escuchar claramente esa voz que de alguna manera me inducía hacia ella. 

Cual fue mi sorpresa, que vi una joven sentada mirando a la luna. Me sorprendí, porque aquí, en lo alto de esta montaña sólo vivo yo. Froté mis ojos por si aquello era una ilusión. Pero no lo era. Tal fue mi intriga, que decidí salir e ir hasta donde ella estaba. 

Hacia muchísimo que no sentía el aire rozar mi rostro, ni respirar el puro frescor de la noche. La brisa era húmeda y al mismo tiempo algo fría. La luna estaba preciosa. Y es que vivo enamorado de ella. Ya que es la única que siempre ha estado ahí. La única que me ha escuchado. Y la única que me ve morir...

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Fui acercándome hasta llegar a su lado. Estaba sentada, con sus manos entrelazadas en sus piernas, mirando al frente y tarareando una dulce melodía con sus finos labios. 

Muy amablemente le pregunté si a su lado podía sentarme a observar. 

Entonces, dejó de tararear su melodía. Siguió mirando al frente y al instante me miró. Sus ojos eran divinos, su rostro fino, su habla suave y su pelo rizado hacían de esta joven la princesa de cualquier cuento de niños. Con su suave voz me contestó con una amplia sonrisa que tomara asiento.

Me quedé fijamente mirando al frente. Y le pregunté.

¿Como te llamas?. 

- Me llamo Sinara contestó ella.
Yo me llamo Daen. Encantado de conocerte Sinara, respondí.
- Ella sonrío y contestó, “igualmente”.

Le pregunte, donde miraba. 
- A la luna, siempre lo hacia. 
¿Es preciosa verdad?, respondí yo. Pero me inquieto lo que dijo sobre, SIEMPRE LO HACIA. No entendí el porque de esa palabra, pero no le di mayor importancia. – Soy escritor, le dije. 
¿Y que escribes?, me contestó ella. 
- De todo un poco. Miro a la luna y ella me inspira, todo lo que sienta, lo entienda o no, lo plasmo en folios…
- Ella sonrío.
¿Y tu, que haces por aquí Sinara?. Es bastante tarde y en mitad de la montaña una chica como tu no es nada habitual encontrarla. 
Ella me respondió.
- Quería ver una última vez la luna, y quería sentir la brisa de la noche una vez mas antes de marchar.

Automáticamente, pensé que marchaba a otra ciudad y que por ello hablaba como en pasado. Pero aún tenía alguna laguna y duda.. 

¿Vives allí no?. – Si, respondí yo. Es un lugar precioso, dijo ella continuadamente. 
A mi me encantaría vivir ahí. – ¿Si?, le pregunte entusiasmado.. – Si. Me encanta mirar a la luna y sentir la brisa en mi piel. Y dormir bajo un manto estrellado.
A mi también. Pero no vivo aquí por eso. Contesté.


Ella, algo entristecida pregunto. – Y entonces.. ¿Por qué es?. – Porque tengo una rara enfermedad infecciosa y la gente del pueblo teme que pueda contagiar a los demás y a sus hijos. Entonces me obligaron a vivir aquí en la soledad… Por lo tanto, he de irme ya, si permanecemos mucho tiempo juntos podría contagiarte esto y acabar contigo.

- Tranquilo, soy inmune a esa enfermedad. Me respondió. Yo perplejo y confuso, sin saber que hacer o decir. Me levanté y mirando a la luna, me despedí de ella. 

Buenas noches, Sinara, gracias por este momento. Ha sido muy bonito, y agradable poder hablar y compartir unos minutos con alguien. Di media vuelta y volví para casa. 

Cuando a los pocos pasos, me dijo. ¡Espera!. Me giré, y la luz de la luna dejaba ver su perfecto cuerpo. Respondí, ¿si?. – Se acercó.. Y lo que menos podría esperar.. Un beso. 

Me beso en los labios.. 

Nunca había sentido nada así, ya que en vida, jamás nadie me había besado ni amado, ni querido, ni escuchado, ni atendido. Sus manos acariciaron mi cara, y ella me dijo.

He de marcharme.. Me reclaman en otro lugar. ¿Volverás mañana? Me preguntó.
Decidido y anonadado por el imprevisto giro que me dio la vida en ese instante respondí que si. Volví a casa. Y al abrir la puerta, vi a alguien sentado en mi silla, en mi mesa durmiendo. Con miedo y lentamente me acerque. Vi que la ventana estaba entreabierta, tal como la dejé. 

Y al mismo tiempo que me acercaba, juraría que esa persona que allí había era yo mismo. Seguí acercándome, y cuando acerqué mi mano a su espalda… Traspasé su cuerpo, me miré al espejo, y no veía nada.. Me preguntée que me pasaba.. Y al fin comprendí todo.. Yo.. Había muerto… 

El misterio de esta historia, es que el texto, estaba fechado y escrito 3 días después de su muerte. Ya que los médicos dijeron que llevaba 3 días muerto. 

Desde entonces, si pasas por allí, se puede oír el llanto de una joven que pregunta. ¿Por qué no acudiste a nuestra cita?...

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