Laura era adicta al miedo. Le encantaba sentir terror. Cuando no había nada que hacer con sus amigos, siempre sugería contar historias de miedo. 



Iba al cine a ver todos los estrenos del género y nunca se perdía los programas y películas de horror en la televisión. Visitaba con regularidad los foros y páginas webs de esoterismo, en los que siempre había secciones de relatos donde la gente contaba sus experiencias. En su cuarto tenía una pequeña biblioteca con los grandes autores de la narrativa del terror: Poe, Lovecraft, King, etc.

Lo único que le faltaba a Laura, y que deseaba más que nada en el mundo, era tener una verdadera experiencia paranormal. Había hecho todas las cosas que supuestamente atraían fantasmas. Decir el nombre de alguna muerta tres veces frente al espejo. Jugar a la guija con sus amigos en una noche tormentosa. Nada surtía efecto, ningún espectro, fantasma o demonio se había presentado ante ella.

Eso la frustraba. Por eso, cuando Sarah, una compañera de clase que conoció al entrar a la secundaria, le habló de la vieja casa de los Robles, le encantó. Había vivido toda su vida en esa ciudad, y nunca había escuchado hablar de esa casa. Había escuchado muchas veces de una casa en la calle Juárez, donde un hombre ambicioso había matado a sus tíos por dinero. Se sabía de memoria las historias del viejo hospital Civil, donde se aparecía una enfermera. Pero la historia de la casa de los Robles era nueva para ella.

Sarah le había contado con lujo de detalle la historia. 

Era una casa enorme en la carretera 68. Cuando fue construida, en el siglo XIX, estaba a las afueras, pero la ciudad había crecido tanto que ahora estaba rodeada de otras construcciones. Los negocios y las casas de interés social construidas a su alrededor. Una urbanizadora había tratado de comprar la propiedad, para derribarla y construir un complejo de departamentos. No lo había conseguido. Los dueños no la quisieron vender, además, la casa era tan vieja que las leyes de protección de monumentos de la ciudad la protegían de ser alterada. La casa Robles permaneció de pie. Y se creía que sería así por otros cien años más.

—Pero —Laura había interrumpido a Sarah con impaciencia, mientras ella contaba la historia—, ¿cuál es el misterio de la casa?

Sarah se aclaró la garganta y le dedicó una mirada a Laura pidiéndole paciencia.

—A eso iba —dijo, y continuó con su relato.

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La casa estuvo habitada, es obvio, por la familia Robles. Era una familia acaudalada de la ciudad, tenían muchas propiedades, y se sabía que invertían grandes sumas de dinero en algunos de los proyectos más importantes de construcción en el lejano siglo XIX.

Pero la familia había caído en desgracia. Sus proyectos no avanzaban, la inversión se perdía. Habían invertido en la construcción de un parque de diversiones, pero una fuerte tormenta había arrasado con la construcción, haciéndoles perder todo. Luego, les habían revocado permisos de construcción de un hotel de lujo que pronto terminarían. Según se dijo, una empresa rival había sobornado al alcalde para conseguir eso.

Víctor Robles, el jefe de la familia, había optado por invertir el poco dinero restante en un banco. Eso les permitió recuperarse. Viendo que la situación mejoraba, mandó a construir una magnífica casa en las afueras de la ciudad, a donde mudarse con su familia. La construcción tardó dos años, en los cuales los rumores de extraños sucesos llegaron. Dos trabajadores murieron, y algunos de sus compañeros aseguraban haber visto a sus fantasmas vagando por la casa antes y después de que fuera terminada.
Los Robles no creían esto. Era razonable, para ellos los fantasmas no existían. Se mudaron a la casa, y por un tiempo todo fue normal, hasta que su hija enfermó. La hija menor de la familia, tenía sólo seis años cuando se mudaron a la propiedad, y sólo seis meses después, comenzó a tener horribles pesadillas. Luego dejó de comer y jugar, y no salía de su habitación. Los médicos que la atendieron aseguraron que no tenía nada, que estaba sana, sólo era un capricho infantil. Pero ni los castigos ni las suplicas de sus padres hicieron que mejorara.

Finalmente sucedió lo peor. Luego de años en los que era alimentada a la fuerza, pues ella no quería comer, y en los que no consiguieron hacerla salir de su pieza; la niña, de entonces once años, se suicidó. Una noche, Clara, su nana, subió a su cuarto para llevarle la cena, como de costumbre. La encontró colgada de un viejo perchero. Su piel estaba púrpura y sus ojos en blanco parecían ver directo sobre el alma de quien la había encontrado.

Luego de los servicios funerarios, la familia volvió a su casa, y fue cuando sus tormentos comenzaron. La madre la vio primero, al pasar junto a su puerta. Luego la nana, y así todos los miembros de la familia. Por las noches se escuchaba su voz, mientras parecía jugar. No soportaron mucho tiempo, se devolvieron a la ciudad, cualquier cosa con tal de que el fantasma de su hija muerta no los atormentara.

Se dice que aún se le puede ver. Cuando los coches pasan por la carretera 68, a ciertas horas de la noche, si te vuelves a ver la vieja casa de los Robles, podrás ver al fantasma de la niña. Ésta allí de pie, junto a la ventana de la que fue su habitación. Si sólo pasas, ya sea en un carro o caminando, la verás fugazmente. Si te detienes, ella te devolverá la mirada. Si te quedas mucho tiempo, enloquecerás.

También se dice que se ven otras cosas. Un viejo albañil que martillea una pared. Es uno de los trabajadores muertos. Los vecinos, cuyas casas o negocios rodean la propiedad, afirman haber escuchado las risas infantiles y el sonido de las herramientas, en las noches más oscuras.

—Dime, Laura —terminó Sarah, mientras le dirigía una mirada siniestra—. ¿Te atreverías a ir a esa casa y quedarte observando a la ventana y ver si ella aparece?

Laura pareció pensarlo. La historia no era muy distinta a otras que había escuchado, bien podía ser una invención de Sarah, aunque la seriedad con la que hablaba le decía que no era así. Mordió su labio inferior, antes de contestar.

—Lo haré —dijo, después de todo no era tan distinto a decir tres veces el nombre de un fantasma frente al espejo del baño.

La tarde del sábado, Laura se escapó de casa. Se reunió con Sarah en la parada de autobuses. Tomaron la ruta 125, la cual pasaba justo por la carretera 68. Luego de treinta minutos de viaje, en los que ninguna de las dos habló (Sarah estaba muy seria, Laura emocionada ante la oportunidad de tener una experiencia real con lo sobrenatural), llegaron a su destino.

Laura contempló una casa magnifica, con grandes ventanales y un enorme jardín. De no ser por la pintura desgastada, la reja oxidada, las enredaderas que trepaban los muros y la hierba muy crecida, habría sido la casa más hermosa que nunca había visto.

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—¿Cuál es la ventaba? —preguntó Laura impaciente.

—Es esa —respondió Sarah.

Señaló una ventana al lado izquierdo, la segunda antes de la esquina de la casa. Era una de las pocas que tenía aún cristales. Laura permaneció con la vista fija en la ventana, pero nada pasaba. No había movimiento ni fantasma alguno. Luego de unos veinte minutos, se decepcionó al ver que nada pasaba. Otra historia falsa hecha para asustar a los niños antes de dormir. De pronto, le pareció ver algo, algo blanco había pasado cerca de la ventana, aunque demasiado rápido para distinguir qué era. Su mente le dijo que tal vez era el reflejo de alguna luz cercana, como el faro de un coche, pero ella quería estar segura.

—Creo que vi algo —le dijo a Sarah.

Su amiga estaba de pie, apoyada en la reja a unos metros de Laura. Caminó hacía ella y alzó la vista hacía la ventana.

—¿No sería genial pode entrar a ver? —preguntó Laura.

Sarah sonrió ante la sugerencia de su amiga. Fue cuando Laura notó que Sarah traía consigo una mochila. Sarah metió la mano en esta y sacó dos linternas y un manojo de llaves.

—Mi padre es arquitecto —dijo—, los dueños lo contrataron para que restaure esta casa, fue así como supe de la historia. Bueno, los trabajos comenzarán la próxima semana, pero creí que podía explorar la casa antes de que se llene de gente.

Laura sonrió y con impaciencia le pidió a Sarah que abriera las puertas. El candado fue retirado, y la verja hizo un ruido chirriante y muy molesto, pues no había sido usada en muchos años. Lo mismo pasó con la puerta principal.

Las dos chicas se encontraron con un salón que en otro tiempo debió de haber sido todo lujos. Ahora estaba húmedo y lleno de moho. Por fortuna la escalera de madera parecía ser lo bastante solida. Sin perder mucho tiempo, y con las linternas iluminando su camino, subieron al segundo piso y se dirigieron a la habitación que había sido de esa niña, que debía de haber tenido su edad cuando se suicidó.

Sus linternas iluminaron una habitación vaciá sin nada interesante. Laura se acercó a la ventana, desde donde pudo ver el lugar donde momentos atrás habían estado de pie.

—No hay nada —dijo con decepción, sin dejar de ver por la ventana.

Sintió a Sarah acercarse por atrás. Luego, una gruesa cuerda se enredó en su cuello. Dejó caer la linterna, la cual se apagó al golpear el suelo. Se llevó las manos al cuello tratando de liberarse. Se volvió hacía Sarah, quien la veía con unos ojos tristes pero seguros de lo que hacia.

—He estado sola por años, más de un siglo —dijo con voz afligida, mientras arrastraba a Laura hacia la percha desde la que ella se había colgado muchos años atrás—, esos trabajadores rondan por aquí, pero no es lo mismo. Necesito a alguien de mi edad. Te necesito a ti, Laura, y ya que te encantan los fantasmas, supuse que no te molestaría tú misma ser uno.

Laura sintió el verdadero terror, ese que siempre había deseado, mientras su cuerpo colgaba inerte en esa vieja casa. Nadie sabía que estaba allí, nadie iría en su ayuda, moriría. Cuando ella había deseado tener una verdadera experiencia sobrenatural, no quería eso.

Laura finalmente murió.

El cuerpo jamás fue encontrado. Los padres de Laura pasaron años buscando, creyendo que había escapado. En su escuela nadie recordaba haber visto a nadie sospechoso hablando con ella, cuando la Policía había hablado con sus compañeros y maestros. Aunque una amiga suya, María, había notado que a veces se quedaba con la vista perdida. En un descanso, no había salido con el resto de los alumnos, entonces la había ido a buscar. La había encontrado viendo con la mirada perdida a un pupitre vacío, donde nadie se sentaba.

Las investigaciones habían quedado en un punto muerto. No había pistas ni nuevas líneas de investigación que seguir por la Policía.

Casi seis meses después, María se mudó a unas cuantas calles de la Casa Robles. Una noche, al pasar frente a ésta, sintió como si alguien la tocara en el hombro. Volvió la vista hacia una ventana del segundo piso, y allí vio a su amiga Laura haciéndole una señal para que entrara.

María no lo pensó ni un sólo momento. Se dirigió hacía la verja, que extrañamente estaba abierta, y se adentró en la vieja Casa Robles.

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