Nyarlathotep es una de las creaciones de Lovecraft más singulares. Se le define como el alma y el mensajero de los dioses pues es el único que tiene la libertad y la capacidad para poder hacerlo. Se le sitúa en una gran caverna en el centro del mundo, acompañado de dos flautistas estúpidos que tocan sin cesar. Tiene muchos nombres y epítetos, como el Caos Reptante, el Ojo que Todo lo ve, Aquel que se Retuerce, el Agitador Aullante, la Cosa de la Máscara Amarilla, el Demonio Oscuro, el Faraón Negro, el Horror Esquelético, el Horror Flotante, el Mensajero de los Primigenios, el Morador de las Tinieblas, el Oscuro, el Ser Sin Piel y muchos otros más. Pareciera que Nyarlathotep coleccionase nombres como otros coleccionan objetos (tal y como sucedía como Morfeo en Sandman, la obra maestra de Neil Gaiman) Se cree de él que pueda ser la personificación de la telepatía mediante la que sus amos se envían mensajes los unos a los otros, sin embargo la reluctancia en ocasiones a trasmitir dichos mensajes hace dudar de esta teoría. También se dice que su verdadera forma es la de un barro de aspecto bilioso con el que puede tomar mil formas distintas; sin embargo, es muy posible que no tenga límites en cuanto al número de formas que puede adoptar. En cualquier caso, hasta el momento ha mostrado muy pocas de esas manifestaciones (no llega ni al centenar) salvo en el hipotético caso de que algunas de las criaturas que creemos seres independientes sean, en realidad, máscaras de este mensajero de los Primigenios. 



En la antigüedad, era adorado en Egipto como señor de la noche y protector de los hechiceros pero pasado un tiempo los mismos egipcios se asustaron de él y trataron de borrar toda referencia a su existencia. Su culto reapareció y desapareció en diversas ocasiones pero, bajo el reinado del terrible Nefren-Ka fue cuando al nombre del dios (en un principio sólo Nyarlat) se le añadió el sufijo –hotep, que puede traducirse como el satisfecho. Parte de esa satisfacción consiste en realizar regalos envenenados, tales como magia o tecnología que, a la larga, traerán la locura o la destrucción al obsequiado. La versión más apocalíptica de su historia nos cuenta que un día traerá la destrucción a nuestro mundo, apareciendo en él vestido de rojo y con bestias de todo tipo lamiéndole las manos. Su propósito es convertir todo el universo en una inmensa tumba colectiva, borrando todo rastro de vida de él. Nyarlathotep fue quien regaló a los hombres el conocimiento de la energía nuclear y las armas de destrucción masiva que conlleva dicho saber, por lo que es posible que su plan de siglos esté a punto de consumarse. 



La inspiración para la creación de Nyarlathotep le vino a Lovecraft, como era muy habitual en él, en un sueño. En su carta de 1921 a Reinhardt Kleiner, describe la experiencia como la más horrible y realista que había tenido desde su infancia. En ella, recibía una carta de su amigo Samuel Loveman (un poeta, crítico y dramaturgo) en la que le decía: No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible -más horrible de lo que te puedas imaginar- pero maravilloso. Te atrapa durante horas. Todavía tiemblo al recordar lo que me mostró. Existe una versión en cómic de Nyarlathotep, a cargo del maravilloso autor Argentino Hernán Rodríguez, que destaca por su cuidado guión y su fantástico dibujo (Visiones, Colección Made in Hell, número 65, Norma Editorial) en donde se nos muestra a Nyarlathotep como un errante showman cuyo espectáculo esconde la más terrible de las abominaciones. A propósito de este cómic, por cierto, el resto de historias resultan igualmente imprescindibles para los amantes de la obra de Lovecraft. Pero, ahora que hemos echado un vistazo a ese caos sin forma que es Nyarlathotep, regresemos al libro que nos ocupa. 

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