El 23 de mayo de 1965 un español ocupó parte de la portada del diario The New York Times con una noticia aparentemente descabellada (ver PDF). “Matador consigue detener al toro con radiotransmisor”, decía el titular, y narraba la historia de un individuo que había sido capaz de detener la embestida de un toro mediante un mecanismo de control mental. El protagonista de aquella historia no era ningún matador de toros, sino el investigador español José Manuel Rodríguez Delgado, un profesor de la universidad de Yale cargado de nuevas y atrevidas ideas sobre el cerebro.






El experimento que le dio fama mundial tuvo lugar en una pequeña plaza de toros de Córdoba frente a una docena de testigos. En las imágenes vemos al profesor Rodríguez Delgado colocarse delante del toro, citarle con el capote y conseguir que se detenga un instante antes de la embestida. ¿El truco? El animal era incapaz de continuar con su movimiento porque el profesor había colocado previamente un radiotransmisor en su cerebro. Con un simple mando a distancia, el científico era capaz de controlar sus movimientos.

Aquella no era la primera vez que Rodríguez Delgado experimentaba con este tipo de implantes. Durante más de 15 años, había llevado a cabo experimentos similares con monos y gatos, haciendo de ellos auténticos juguetes teledirigidos. Y en los siguientes años probaría sus dispositivos con humanos.

José Manuel Rodríguez Delgado nació en Ronda (Málaga) en el año 1915. En 1930 recibió una beca en la Universidad de Madrid, pero sus estudios se vieron interrumpidos por la Guerra Civil, durante la cual participó como médico en el bando republicano. Al terminar la guerra, después de pasar cinco largos meses en un campo de concentración, Rodríguez Delgado terminó sus estudios y finalmente fue becado por la Universidad de Yale, donde desarrolló la mayor parte de sus experimentos y fue nombrado director de la Escuela Médica. En los años 70 regresó a España y se instaló en la Universidad Autónoma de Madrid, donde impartió sus clases magistrales. En los últimos años decidió regresar con su mujer a San Diego (California), donde ha vivido hasta su muerte el pasado mes de septiembre.



Controlar a los humanos "mediante botones"


Desde muy temprano, Delgado se sintió atraído por los trabajos de Ramón y Cajal y posteriormente del fisiólogo suizo Walter Rodolph Hess, quien había descubierto que la aplicación de estímulos eléctricos en el cerebro de los animales producía determinadas respuestas físicas que podían ser estudiadas y clasificadas. Siguiendo la experiencia de Hess, el profesor Delgado desarrolló un sistema de electrodos que, implantados en el cerebro de monos y gatos, le permitían mover sus extremidades a su antojo o provocarles distintas sensaciones.

En su libro "El control físico de la mente", el doctor Delgado describe algunos de sus múltiples hallazgos en el campo de la neurología. Su mayor logro fue la creación de unos pequeños electrodos denominados "estimoreceptores" (Stimoceivers) que una vez insertados en el cerebro podían manejarse a decenas de metros de distancia mediante ondas de radio. Durante su estancia en la Isla de Hall (en las Bermudas), consiguió dirigir el comportamiento de toda una comunidad de monos gibones, a pesar de estar dispersos en un radio de kilómetros, y provocar una rebelión de los más jóvenes contra el "macho alfa".

En 1952 el doctor Delgado describió por primera vez la posibilidad de implantar uno de estos electrodos en seres humanos. Durante los siguientes años implantaría electrodos en unos 25 pacientes, la mayoría esquizofrénicos, epilépticos o enfermos mentales del hospital de Rhode Island, en Massachusetts. Operó, según asegura él mismo, solo en casos desesperados en los que la Medicina no había dado ningún resultado.


Su trabajo fue duramente criticado y su colaboración con la CIA, admitida por él mismo, le asoció para siempre con los experimentos de control mental de la agencia norteamericana y el lado más siniestro de la guerra fría. Afirmaciones como que "los humanos pueden ser controlados como robots; mediante botones" no mejoraron su imagen en la comunidad científica, donde fue condenado al ostracismo.

Cincuenta años después, su trabajo es en cierto modo el de un pionero. Con muchas más garantías, y desarrollado por otros caminos, el implante de electrodos en el cerebro se ha convertido en una de las maneras más útiles de combatir contra los síntomas de algunas enfermedades como el Parkinson o el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y se practican hoy en día con normalidad en los hospitales. Investigaciones como las de Miguel Nicolelis, con implantes en el cerebro de monos para el diseño de futuras neuroprótesis, son una señal de que la idea de experimentar con aquellos receptores en el cerebro no era tan descabellada.
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