¿Un caso sin resolver, o la paranoia de unos padres desesperados? 



Con la llegada del otoño, un hombre aparece en la propiedad de los Sodder y les advierte de que su instalación eléctrica provocará un accidente algún día. Sin embargo, el buen estado de la instalación de la hacienda acaba de ser certificado por la central eléctrica local. En principio, no hay nada que temer. 

Por la misma época, otro hombre se acerca a la casa con el objetivo de venderle un seguro de vida a la familia pero la venta no se produce y el encuentro acaba mal: 

“ Tu maldita casa se va a quemar y tus hijos van a desaparecer. Vas a pagar por todos los comentarios asquerosos que has hecho sobre Mussolini” 
Martha Sodder, 12 años 


George, el cabeza de familia, es inmigrante italiano y abiertamente antifascista. Corre el año 1945 y frecuentemente se ve involucrado en acaloradas discusiones con la comunidad italiana del pequeño pueblo de la América rural en el que viven. 

Los Sodder son una respetada familia de clase media. Un matrimonio de mediana edad con diez hijos, de los cuales nueve aún viven en la casa familiar. Cinco chicas y cuatro chicos morenos y de mirada penetrante con edades comprendidas entre los 23 y los 2 años. 

Días antes de las vacaciones de Navidad, los niños perciben que están siendo atentamente observados por un hombre dentro de un coche. Sin embargo, como la familia se siente tan respetada y tan poco amenazada, nadie le da importancia. 

Maurice Sodder, 14 años 

II

La víspera de Navidad la estampa familiar no puede ser más idílica. Los regalos ya están colocados bajo el árbol encendido en luces de colores y, antes de irse a dormir, George y Jennie permiten a los más pequeños abrir algunos regalos. 
Cuando el matrimonio Sodder se acuesta, sus hijos se quedan un rato más despiertos, jugando. 

Pasada la medianoche, el teléfono despierta a Jennie. Una voz desconocida de mujer le pide al otro lado de la línea hablar con un nombre extraño. Se escuchan copas brindando. La mujer se ríe de forma rara y cuelga. 

La luz del salón sigue encendida pero sus hijos ya no están allí. Jennie da por supuesto que se han ido a la cama, aunque algo llama su atención: no han cerrado las cortinas ni han echado el pestillo de la puerta principal antes de hacerlo. 

La madre se acuesta despreocupada y, justo cuando está volviendo a quedarse dormida, un fuerte impacto en el tejado la desvela. Después escucha algo que cae rodando. Jennie permanece despierta unos minutos esperando que el ruido se repita pero, cuando no lo hace, deja que el sueño la venza. 


Jennie Sodder, 8 años 

Sin embargo, algo vuelve a despertarla una tercera vez. Es el denso humo que se extiende por la casa. 

Sus vidas se convierten en una ruina en menos de una hora. El matrimonio, sus tres hijos mayores y el bebé logran salir de la casa. Los cinco restantes son declarados oficialmente muertos en el incendio. 

Eso sí: los restos de sus cuerpos nunca llegan a aparecen entre los escombros. 

Las autoridades declaran que el incendio se ha producido por un fallo eléctrico. Sin embargo, los supervivientes saben que las luces del árbol de Navidad seguían encendidas en medio de las llamas. 

Betty Sodder, 5 años 

III 

La teoría que más se maneja es la del secuestro. Según esta hipótesis, alguien habría raptado a los niños. Es un relato que se extiende con fuerza. Mientras, solo un detective privado contratado por la familia investiga su desaparición. 

Avistamientos de los niños y chivatazos empiezan a llegar a oidos de la familia desde todos los rincones. Dicen haberlos visto en los días posteriores al incendio con hombres y mujeres que hablaban en italiano entre ellos. George se obsesiona. Recorre el país tirando del hilo de pistas detrás de las que nunca encuentra nada. 

Los años pasan y las novedades no llegan: es la misma incertidumbre angustiosa de siempre. Pero eso es hasta que una carta sin remitente pero con matasellos de un Estado vecino llega al buzón de los Sodder, 23 años después. 

Louis Sodder, 9 años 

IV 

La carta está destinada exclusivamente a Jennie y dentro solo hay una foto. La foto muestra a un apuesto joven de cabello y ojos oscuros con un mensaje en el reverso del que solo alcanzan a entender el nombre de uno de sus hijos desaparecidos. 

“Louis Sodder. Quiero al hermano Frankie. Los chicos ilil. A90132”. 

Incapaces de descifrar el mensaje, los Sodder contratan a un detective que se marcha a investigar y nunca más vuelve. 

George muere un año después. Una valla publicitaria ofrece una recompensa de 10.000 dólares a quien pueda ayudar a la familia a descubrir si sus hijos murieron o siguen vivos. En el cartel, las fotos de los cinco niños miran la carretera con ojos de fantasma durante largos treinta años hasta que, con la muerte de Jennie, sus fotos también desaparecen. 


Supuesta foto de Louis Sodder adulto 


Para la mayoría de la opinión pública, los niños Sodder fallecieron en el incendio y los padres, incapaces de aceptarlo, se agarraron la negación como a un clavo ardiendo. 

Sin embargo, en el caso de que los niños se hubieran ido a dormir aquella noche y, simplemente no hubieran sido capaces de escapar de las llamas, ¿por qué nunca aparecieron sus restos? Ya en la época se sabía que era imposible cremar un cuerpo humano en esas condiciones. 

Los Sodder siempre pensaron que a sus hijos los habían raptado y luego habían prendido fuego a la casa lanzando algún artefacto contra el tejado. El porqué fue un misterio que les acompañó a la tumba. La rumorología dijo que hasta la misma mafia podía haber estado involucrada al no ceder George a estorsiones en su empresa de carbón. 



Pero, si esta teoría fuera cierta, ¿Fueron los niños Sodder vendidos a otras familias en colaboración con las autoridades locales? 

Tampoco se ha podido comprobar que el hombre misterioso de la foto fuera Louis Sodder. De hecho, a día de hoy no se sabe quién es ni quién envió aquella carta. La única relación que se pudo establecer con el código numérico escrito a mano en el reverso fue con el código postal de Palermo, Sicilia. 

De diez hermanos quedaron cinco y, poco a poco, solo uno. Aquel bebé de dos años ahora es una anciana a punto de ponerle a su vida el mismo final en forma de interrogante que el de sus padres y hermanos. 

Sylvia no ha podido hacer mucho más por aquellos a los que apenas conoció que engendrar la semilla de la curiosidad en sus descendientes, con la esperanza de que algún día puedan resolver el gran misterio que ellos no pudieron. 

*Lo que has leído es la reconstrucción de un caso sin resolver real ocurrido en Virginia occidental (Estados Unidos) hace 70 años. 

Louis Sodder. Quiero al hermano Frankie. Los chicos ilil. A90132

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