Una relación a distancia, unas llamadas inquietantes y una foto de Instagram




Debían ser las cuatro de la mañana cuando sonó mi móvil. Era un número oculto. 

—¿Si? —contesté. Estaba medio dormido. 

—Hola Carlos, ¿lo estás pasando bien? 

Era una voz de máquina expendedora: mecánica, plana, sin alma. Ni siquiera sabía decir si era de chico o de chica. Parecía modificada con un vocoder o algo parecido. 

"Al principio di por sentado que era una broma" 

—¿Quién es? —pregunté intentando desperezar mi lengua. 

—Dime, ¿lo estás pasando bien Carlos? —la voz al otro lado del teléfono insistía. 

Di por sentado que era una broma. Eran mis primeros días en la residencia universitaria y las novatadas eran inevitables. 

Colgué el teléfono, pasaron los días y el recuerdo de la llamada se evaporó. Estaba demasiado ocupado dejándome atropellar por las novedades que me ofrecía mi nueva ciudad como para darle importancia. 


A las dos semanas, mi teléfono volvió a sonar. Era mitad de la noche. 

— Te estoy vigilando, Carlos. 

Era la misma voz maquinal. 

—Tíos, ya está, lo he pillado, tenéis un aparato que modifica la voz y os mola vacilar a la gente, la broma está bien, pero dejadme dormir. 

Te estoy vigilando, Carlos 
Pero las llamadas no se detuvieron. Cuando no cogía el teléfono, mi buzón se llenaba de mensajes: 

—¿Dónde estará Carlos esta tarde? 

—¿Lo estará pasando bien Carlos? 

—¿Por qué no contestas mis llamadas, Carlos? 

Entonces empecé a plantearme que quizá era una broma. Llevaba dos meses recibiendo las llamadas. Mis compañeros de residencia estaban demasiado preocupados intentando tener sexo como para ser tan persistentes. 


Cuando llegaron las vacaciones de Navidad recibía llamadas y mensajes casi a diario. 

¿Que como podía concentrarme en las clases? No lo hacía. Mi rendimiento en la universidad era penoso. En ese tiempo mi vida social brillaba por su ausencia. Cuando estaba con gente me sentía tan tenso que el psicópata parecía yo. Me resultaba imposible hacer amigos. 

Necesitaba esas vacaciones. Lo único que quería era pasar tiempo con mi familia y recuperar el tiempo perdido con Sandra. 

Sandra, por cierto, era mi novia. Si no la he mencionado hasta ahora es porque en ese punto todavía no le había contado nada de las llamadas. 

Cuando llegaron las vacaciones de Navidad recibía llamadas y mensajes casi a diario 
Lo hacía por ella. De vez en cuando llegaba a la conclusión de de que tal vez estaba exagerando lo sucedido, y también me inquietaba que Sandra se preocupase demasiado. No quería que se sintiera mal. Si le contaba eso, quizá se plantaría en Madrid y permanecería hasta que tuviera la cabeza de mi acosador en una caja de cartón. Yo tampoco quería eso. 

Durante las vacaciones, las llamadas siguieron, aunque la frecuencia empezó a disminuir. Volví a Madrid con fuerzas renovadas y la esperanza de poder disfrutar de la vida universitaria de una vez por todas. Pensaba que mi acosador quizá se estuviera aburriendo de aquel juego. 


Pero la misma tarde que llegué a la residencia sonó mi teléfono. 

—¿Qué tal por Bolvir, Carlos? 

Se me heló la sangre. Bolvir era el pequeño pueblo de la Cerdaña donde mis padres tenían una casa. Habíamos pasado unos días ahí con Sandra durante las vacaciones. Pero no lo sabía nadie más allá de mi familia y algunos amigos cercanos de Barcelona. La llamada me dio un poco de miedo. 

El nuevo trimestre trajo una novedad en su manera de actuar. Empezó a mandarme mensajes de WhatsApp con las localizaciones de los lugares donde yo había estado ese día. También empezó a mencionar los nombres de mis compañeros de clase o residencia. Era evidente que alguien me estaba siguiendo. Sabía a los lugares dónde iba y con quién me reunía. 

Lo más sensato hubiese sido acudir a la Policía, pero yo tenía 18 años y un miedo atroz a hacer el ridículo. 

En el nuevo trimestre empezaron a llegarme mensajes con las localizaciones de los lugares donde yo había estado ese día 
Opté por mirar hacia otro lado. Borré WhatsApp y dejé de escuchar los mensajes que seguían acumulándose en mi buzón. 

Sandra, claro, no entendió que me borrase WhatsApp. Tuve que contárselo. 

Su respuesta fue relativamente tibia. Ella se limitó a darme la razón. Es como si no alcanzara a entender la magnitud del problema. 

—Pasa de él, ya se cansará.. 

—Sí, supongo que sí... —contesté con resignación. 

La verdad es que su reacción me decepcionó un poco. ¿Era esa la misma novia sobreprotectora que no podía dormir si no le mandaba un mensaje de buenas noches? ¿La estaría enfriando la distancia? 




Borrarme WhatsApp me devolvió algo de paz mental. Pero pronto se truncó con un comentario de Instagram: 

“Lo ves Carlos, hace mucho tiempo que estoy detrás de ti”. 

Era de alguien que no conocía. Pero, ¿qué significaba ese mensaje? 

La foto era de la fiesta de despedida que hicimos en mi casa de Barcelona antes de marcharnos a la universidad. Salíamos Sandra y yo, sonrientes. 

Hace mucho tiempo que estoy detrás de ti 
Su mensaje resonaba en mi cabeza: “...hace mucho tiempo que estoy detrás de ti...” 

Y, de pronto, la vi. 

Nunca me había fijado que justo detrás nuestro aparecía, borrosa, una chica de espaldas. 

¿Quién era? 




Repasé mentalmente los invitados a la fiesta y una y otra vez. Y no recordaba a ninguna chica rubia con el pelo tan largo. 

“...estoy detrás de ti...” 

Tenía que ser mi acosadora. Y había estado en mi casa. 

Entré en su perfil de Instagram en busca de pistas. Pero no tenía foto de perfil, ni fotos colgadas, ni ningún seguidor. Solo seguía a dos personas: a Sandra y a mí. 

No tenía dudas de que me enfrentaba a alguien obsesionado conmigo 
Ya no tenía dudas de que me enfrentaba a alguien obsesionado conmigo. 

Tuve la tentación de borrar Instagram. Pero esa cuenta desierta era una de las pocas pistas que tenía. 

Reuní a mis amigos más cercanos y les enseñé la foto por si alguien la reconocía. Alguien que me había seguido tan de cerca por la fuerza debía haber frecuentado los mismos sitios que yo. Ninguno sabía quién era. Les pedí que me ayudarán a mover la foto por nuestro entorno. 


Pasaron los días, pero las respuestas no llegaban. Nadie reconocía a la chica borrosa de la foto. Era como un fantasma. Pero un fantasma que sabía dónde me iba de cañas al terminar las clases. 

La foto me obsesionó. 

La miraba durante horas, repasando la noche de la fiesta una y otra vez. Todas las caras, todas las conversaciones. Pero en mi memoria no había ni rastro de ese espejismo de melena rubia. Cuando me acercaba a un recuerdo me acababa dando cuenta que yo mismo lo había creado . Si mi acosadora quería volverme paranoico, lo había conseguido. 

Si mi acosadora quería volverme paranoico, lo había conseguido 
Los mensajes seguían llegando a mi buzón de voz. Pero hacía semanas que no los escuchaba. De algún modo, ella se debió dar cuenta porque, de pronto, cambió su estrategia: pasó a dejarme mensajes en Instagram. 

Y cada vez eran más retorcidos: 

—Tengo muchas ganas de que nos conozcamos mejor, Carlos. 

—Pronto voy a presentarte a unos amigos muy divertidos, Carlos. 

—Ya queda poco para el gran día, Carlos. 


Empezaba a estar inmunizado; la demencia se había vuelto rutinaria. Entonces llegó un mensaje en el que amenazaba con hacerle daño a Sandra. 

Ahí fue cuando decidí que tenía que terminar con esa historia. 

Pensé que lo más fácil seria identificar quién había creado la cuenta de Instagram desde la que mandaban los mensajes. Pero sabía que, para ello, debería denunciar los hechos a la policía. 

Entonces llegó un mensaje en el que amenazaba con hacerle daño a Sandra 
Al día siguiente fui a la comisaria. Les enseñé los mensajes de Instagram y les dejé escuchar mi buzón de voz. Tuve que escuchar los mensajes que había ignorado. Algunos eran realmente desagradables. Sus amenazas se habían vuelto muy violentas. 

Al salir de la comisaria me sentí aliviado por primera vez en mucho tiempo. Lo primero que hice fue llamar a Sandra para contarle lo que había hecho. 

Esta vez su reacción fue más previsible: me pegó una bronca por no haberle avisado antes de que la cosa fuese tan seria como para ir a la policía. 

No quise contarle que lo que me había hecho dar el paso fue que la acosadora la amenazase a ella. No quería que tuviese miedo. 



Había quedado con unos amigos en un bar de Malasaña. Y en el metro volvía a mirar la foto de Instagram que lo había desencadenado todo. Con lo que me gustaba esa foto, y una maldita psicópata tenía que haberla jodido. 

Cuando estábamos pidiendo la tercera caña sucedió algo inesperado: me llamaron de la policía para informarme que mi acosadora se había entregado. Pedí si me podían decir quién era, pero me dijeron que sería mejor que fuese a la comisaría. 

Pero no me hizo falta. 

En el taxi recibí un SMS de un número que conocía de memoria. 

Solo lo hice por nosotros 
“Lo siento. Solo lo hice por nosotros. No podía soportar la idea de que te olvidases de mí. No quería que la distancia acabara con lo nuestro. Creí que la única manera de que no te fueras con nadie nuevo es que tuvieras miedo. No me odies, por favor”. 

La persona que me había hecho la vida imposible a lo largo de seis meses aparecía, efectivamente, en esa foto de Instagram. Pero no era la chica borrosa que salía de espaldas. Era Sandra. 

De alguna manera, sentí la sensación de vacío más brutal que he experimentado nunca.
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