Petare es una de las localidades más peligrosas de toda Venezuela. Robos, asesinatos y secuestros están a la orden del día. Pero en 1954, cuando esta villa era mucho más tranquila, dos transportistas vivieron uno de los episodios más extraños en la historia de los entonces llamados platillos voladores. Pablo Villarrubia, reportero del famoso programa televisivo «Cuarto Milenio» (Cuatro TV), ha viajado hasta el lugar de los hechos para tratar de esclarecer este enigmático incidente.


En la madrugada del 29 de noviembre de 1954, el cubano Gustavo González y su ayudante, el caraqueño José Ponce –ambos repartidores–, habían parado en la puerta de la Industria Nacional de Embutidos Schefer para cargar su camioneta de género, como solían hacer cada madrugada. De pronto, la calle Buena Vista, que estaba totalmente oscura, se iluminó de forma sorpresiva como si fuera pleno día. González paró el vehículo y ambos amigos vieron que la fuente de aquella luz era un objeto esférico. Estaba flotando a escasa altura en medio de la vía.
Inmediatamente, observaron cómo una criatura peluda y parecida a un mono, que llevaba un casco redondo que dejaba entrever dos pequeños ojos brillantes, se acercaba a ellos. Casi de forma instintiva, Gustavo avanzó hacia el pequeño monstruo y lo agarró fuertemente con la intención de capturarlo e introducirlo en la camioneta. Hombre y entidad desconocida forcejearon durante algunos segundos, pero aquél extraño ser logró escapar saltando como un gato y apartándose de su agresor. 

GARRAS AFILADAS

Sin embargo, en vez de huir, la criatura se abalanzó sobre Gustavo González, que sacó de su bolsillo un cuchillo e intentó clavárselo. Pero el arma resbaló sobre su dorso velludo y duro como el acero. Entonces, del interior del objeto volador, que seguía flotando en medio de la calle, saltaron dos humanoides semejantes al primero, acercándose a ambos «contendientes», posiblemente para ayudar a su compañero en apuros.

En ese instante el transportista cubano se dio cuenta de la locura que había cometido. Además, la entidad que había intentado capturar tenía unas afiladas garras en cada uno de los cuatro dedos de sus manos, con las cuales habría podido rasgarle las carnes fácilmente.

Mientras tanto, José Ponce, que permanecía aterrado en el interior del vehículo, se armó de valor y decidió salir. No tardó en contemplar una cuarta criatura que subía corriendo una cuesta, cargando entre sus manos un montón de tierra. El humanoide se dirigió hacia la esfera brillante y dio un salto de casi dos metros de altura, como si de un felino se tratara, para introducirse en una abertura situada en la parte superior de la nave.

Cuando la totalidad de pequeños monstruos consiguió ponerse a salvo dentro de la esfera volante, uno de ellos se asomó por la oquedad y apuntó a los dos horrorizados hombres con un tubo largo y brillante.

Gustavo González y José Ponce sintieron una vibración que sacudió sus cuerpos y, acto seguido, se quedaron totalmente paralizados, lo que no les impidió ver cómo la criatura desaparecía en el interior de la escotilla de la nave. Segundos después, el objeto volador se elevó en el cielo nocturno y desapareció en la negrura, convirtiéndose en una estrella muy brillante.

Ambos repartidores huyeron a la carrera, refugiándose en el edificio de la Inspectoría del Transito de Petare, situada en la misma calle donde había tenido lugar el desconcertante acontecimiento. Luego de tomar un poco de agua y recuperar energías, González narró lo ocurrido a los fiscales de guardia: Manuel Moreno y E. Domínguez. Más tarde, ambos juristas declararían que los testigos entraron en la Inspectoría a las dos y media de la mañana, añadiendo que no estaban ebrios ni presentaban síntomas de enajenación mental…
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