Entre 1920 y 1954 la antigua Unión Soviética realizó espantosos experimentos con animales y seres humanos destinados a resucitar a los muertos. Entre los científicos rusos un particular doctor Frankenstein con nombre y apellidos: Sergei Bryukhonenko. Sus experimentos sugieren que la muerte no es una barrera infranqueable. 


No voy a negarlo. Cuando una amiga rusa me envió un enlace para descargar un documental secreto -hasta ahora- que mostraba horribles experimentos en la antigua Unión Soviética que tenían por objeto conseguir resucitar a los muertos, una mezcla de curiosidad, morbo, excitación y asco, se apoderó de mí a partes iguales.

Hasta ahora sólo se conocía la versión en inglés, narrada por uno de los padres de las modernas teorías sobre el origen de la vida: John Burdon Sanderson Haldane. Pero aquellos diecinueve minutos de imágenes sobrecogedoras, dignas de figurar en cualquier museo del horror, que mostraban órganos funcionando fuera del cuerpo, cabezas cortadas sobre bandejas que se movían con coordinación, y animales que resucitaban después de traspasar la barrera de la muerte, planteaban un interrogante inapelable: ¿Consiguieron los rusos resucitar muertos o se trataba de una elaborada campaña del aparato de propaganda soviético para impresionar al mundo con sus supuestos logros? 

La inmortalidad: un viejo sueño

Uno de los anhelos del ser humano ha sido, desde siempre, vencer a la parca. El de la muerte es un tema incómodo que suele asustar a la mayoría; algo tiene que ver el cine y la literatura quienes, con sus finales dramáticos suelen contribuir a una visión particular del final de la existencia o del mismo proceso de envejecimiento. La búsqueda de la inmortalidad había hecho que, en las postrimerías del siglo XIX, un fisiólogo francés extirpara y exprimiera testículos de animales domesticados, extrayendo sustancias "vitales" para luego inyectarlos a ancianos. ¿Dónde situar los límites de la ciencia?

  • https://www.youtube.com/watch?v=TOqXQlMIJ_U

Mi fuente aclaraba que la película había sido rodada en 1939 en pleno corazón de Moscú, concretamente, en el Instituto de Fisiología Experimental y Terapia de la Unión Soviética. Los experimentos estaban liderados por Sergei Bryukhonenko, célebre científico quien, tras la primera Guerra Mundial, decidió centrar sus estudios en el trasplante de órganos. Este Frankenstein ruso pensaba que, si un órgano sano podía sustituir a otro enfermo, quizás algún día, se podría evitar la muerte y, para conseguirlo, inventó una máquina de reanimación bautizada como Autojector, que pretendía revivir organismos que se encontraban clínicamente muertos. (Leer el texto completo enAÑO/CERO Nº305 Páginas 70 a 75)
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