A comienzos del siglo XX la fama de seguridad y eficiencia del Servicio de Correo de los EE.UU. era tal que los ciudadanos se animaban a entregar sus bienes más preciados para el envío. Y dado que la fama del Correo era inversamente proporcional a la credibilidad de otros servicios de reparto, empezó a ser usado para funciones desacostumbradas, tal como el traslado de niños. Si no confías en el transporte escolar del colegio de tus hijos, qué mejor que enviarlos por correo; calculando el precio por kilo que manejaba el servicio postal, era incluso más económico que los modos ortodoxos.
En poco tiempo esta ingeniosa idea se volvió tan popular que la Dirección General de Correos tuvo que prohibir expresamente el envío de seres humanos por paquete postal, para evitar los riesgos que la difusión de esta práctica contraía.


Uno de los casos más conocidos se dio en febrero de 1914: May Pierstorff, una niña de 6 años, fue enviada por sus padres desde Grangeville, Idaho, a casa de sus abuelos, a 117 kilómetros de distancia. En 1913 un bebé viajó con el cartero desde la casa de sus padres, en Ohio, hasta la de sus abuelos, a 1,5 kilómetros; el traslado costó 15 centavos. Edna Neff, de 6 años, viajó en el tren correo desde Florida hasta Virginia.

Todo comenzó a terminar cuando una niña de 3 años fue devuelta por sus abuelos a casa de sus padres. El caso tomó tal relevancia pública que los carteros decidieron acatar la prohibición de envíos humanos por correo.

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